NUMERO 114 - junio

Nuevo libro - Historia de un cuadro



 Por lo que estaba escuchando, y mucho más imaginando, a esta altura del relato, Francesca comenzó a salir de su estado de confusión. Con la mirada fija en el cuadro de Blanes, escuchaba con atención lo que decía su tío, su ceño se había fruncido y su cara se transformó en un rictus que expresaba un estado de ánimo doloroso, los labios contraídos y los ojos vacíos de esperanza. Ella era una joven inteligente, por lo que comenzó a darse cuenta de la historia de ese cuadro y también de que era una de los protagonistas. Sí, ella era ese bebé que trataba de aferrarse a los pechos de su madre muerta y allí estaba también representado, con la mirada vidriosa por la emoción, su querido tío Mauro siendo adolescente. Además de inteligente, Francesca era una mujer valiente y estaba dispuesta a enfrentar lo que mostraba esa verdad iconográfica. Quería llegar a deshilvanar su propia historia, tan llena de recovecos y misterios. Su tío le había contado lo que él consideró todo lo que le podía contar por su edad, pero, era evidente que había más. Se dio cuenta y asumió que lo que Zioma no le había contado era el símbolo de un gesto de amor y, sobre todo, de protección.

          Mauro hablaba sin mirar al público y menos aún a Francesca, a quien le estaba proveyendo de un libro abierto de penas y desconsuelos que nunca antes le había contado. Por el gran cariño que le profesaba, siempre consideró que era muy pequeña para revelarle toda la verdad.  Luego de unos segundos, con la boca pastosa de amargura, atinó a dirigir la mirada hacia Francesca; con los ojos húmedos y penosos, le pedía perdón y compasión desde las entrañas.

   

  -Recuerdo, continuó Mauro, que regresamos el día 17 a la madrugada. Mi intención era descansar un rato dentro de uno de los carretones y, bien temprano, ir hasta la casa de mi jefe y amigo, asearme y cambiarme la ropa y volver con él al mercado. Cuando llegué a la casa de Balcarce 348, la puerta estaba cerrada con candado del lado de afuera y dos serenos custodiaban la entrada. Cuando les pregunté qué había sucedido me contaron que dos personas mayores, una pareja de inmigrantes, habían fallecido a causa de la peste. No podía creer lo que me estaban diciendo, no entendía, mi cabeza comenzó a girar como un torbellino. Cuando caí en la cuenta, lloré amargamente por mis amigos,  lloraba porque no sabía acerca de su pequeña hijita y también por mi nueva orfandad. Me tranquilizó un poco cuando uno de los serenos, intuyendo mi desesperación y angustia, me dijo que la nena había sido trasladada por las autoridades, y estaba a buen resguardo en la Casa de Niños Expósitos.

        

          No pudo continuar porque un desgarrante  y prolongado no! se escuchó en la sala; era Francesca, que lloraba sin consuelo y profería en italiano y dolorosamente ayes entremezclados con no, no, no puede ser, mamma, mamma, cara mammina. Fueron las últimas palabras antes de caer desvanecida en el piso. El conocimiento de la verdad había descorrido el manto de amor; los mecanismos de defensa habían sido derribados y, con crudeza, emergió la verdad silenciada durante tantos años. 

          Laura, junto a personal del teatro la llevó a una habitación contigua a la sala, mientras el locutor oficial sugería realizar un breve intermedio de quince minutos. Hacia esa habitación contigua salieron proyectados Mauro y Tommaso, ambos movidos por un ciclón de sentimientos y sensaciones, y con mucho pesar ante la desdicha de Francesca; sin darse cuenta de que los unía el mismo dolor, las mismas pérdidas.

          Faltaba muy poco tiempo para que el velo de la verdad y el dolor se descorriera totalmente y, esta vez, sería Tommaso el receptor de informaciones afectivas que él desconocía.

          Ante esta situación y, en calidad de médico asistencial, se acercó e intervino el doctor Ayerza, quien diagnosticó lo sabido: la violenta emoción había provocado que a la joven le bajara la presión, corroborada por la sed que decía sentir, más una sensación de ansiedad traducida en llantos lastimeros e inconsciencia. Realizado el diagnóstico, el médico recomendó el inmediato reposo. Las autoridades del teatro ya habían dispuesto una calesa para que junto a la tía Laura, Francesca, entre sollozos, se dirigiera a su casa. El doctor Ayerza se ofreció gentilmente a acompañarlas. Esa noche no iba a terminar con Francesca guardando reposo. Más emociones la esperaban. Mientras el vehículo recorría las quince cuadras hasta la casa, Tommaso y Mauro habían regresado al escenario y, a instancias del médico, este último retomó donde había dejado el relato y continuó narrando lo que sucedió cuando se encontró con semejante tragedia.

           Cuando supe que la nena se encontraba en la Casa de Niños Expósitos (A2 – 1), renació un poco mi calma. Pero no menguó mi dolor por la injusta muerte de sus padres. Ellos eran mis amigos, mi familia, en especial la niña que, para celos de sus padres, las primeras palabras que balbuceó fueron Zio Ma (tío Mauro).

           Llorando sin disimular su tristeza, -agregó:

          Decidí que ese día no iría a trabajar.

          Aunque les rogaba, los serenos no me dejaron franquear la puerta. Era imposible que pudiera entrar, debía esperar a que llegaran las autoridades. Pasado un tiempo que me pareció interminable llegó un jefe policial de mayor jerarquía, junto a dos miembros de la que por entonces era la Comisión Popular. Constataron las identidades de los fallecidos y realizaron un inventario de las pertenecías. Al rato, llegó un carro con un sepulturero que bajó dos ataúdes de madera. Luego de corroborar mis dichos acerca de la relación que me unía con ellos, me dijeron que dejara pasar dos días y que luego fuera a la comisaría a retirar la llave de la casa y me llevara los bienes inventariados. La llave debía entregársela al dueño.

          Ayudé a subir los cuerpos, cada cual en su ataúd y acompañé el recorrido del carro. Mientras se dirigía en dirección al cementerio del sur (A2 – 2), el carrero iba recogiendo otros ataúdes apilados en distintas esquinas. Al ingresar al enterratorio, vi unas flores, seguramente caídas de otro traslado anterior, las recogí y las deposité encima del túmulo de tierra de la fosa común en la que reposarían mis amigos para siempre: Ana Cristina y Dino.

 

          Finalizada la exposición, Tommaso se disculpó con sus colegas y organizadores, y lo invitó gentilmente a Mauro para llevarlo hasta su casa. Le habían puesto una calesa a disposición. Éste aceptó porque  estaba ansioso por llegar, necesitaba saber cómo se sentía Francesca. Tenía dudas si fue acertado lo que hizo y lo que contó. Como si hubiese podido leer su pensamiento, Tommaso lo reconfortó y le dijo que no se preocupara, porque lo que expresó era necesario para la salud mental de su sobrina, y -agregó: es irreversible, soy una persona joven, pero he aprendido y lo sé: la verdad siempre sale a la luz y lo mejor es que quienes son sus afectos sean los responsables de imponer la verdad sobre el relato. Mauro lo miró con simpatía, le caía bien ese joven que era, aunque no mucho, más joven que él. Se había establecido una mutua y tácita empatía, por lo que aprovechó el momento de sinceramiento para preguntarle acerca del origen del broche de oro que tenía prendido sobre su jabot.

          Era de mi padre, el doctor Hutchinson. Aunque no fue mi padre biológico, me crió como si fuera su verdadero hijo, y yo lo quise, al igual que mi madre como si realmente lo fueran. Eran personas grandes para ser mis padres. Les estaré eternamente agradecido.  Él falleció apenas yo me había recibido de médico, y fue el regalo que me hizo el día de mi graduación. De aquella jornada tan gloriosa en lo personal, recuerdo sus consejos y sus palabras:

 Por tu sacrificio, dedicación, y por ser una buena persona honras a tus verdaderos progenitores. Te felicito hijo y no debes  dudar que siempre, de una u otra forma, estaré a tu lado y –agregó-: entre colegas, doctor Tommaso Hutchinson, mis consejos en este día, tan especial para ti, es que siempre recuerdes que la soberbia es una discapacidad  que envilece al ser humano y que de los actos que realices en tú vida y de tus actitudes tendrás siempre un único e insobornable juez. Ese juez, será tu propia conciencia. Por último, te traspaso, como legado, este broche, llévalo siempre contigo, él hará que siempre te encamines por la senda correcta en tu vida profesional, pero lo más importante, estoy seguro, que te llevará hacía tu destino como ser humano y hombre de bien. A través de este prendedor, algún día, te encontrarás con la sangre de tu sangre y con la felicidad a través del amor.

Un cálido abrazo selló aquel inolvidable día. Lamentablemente, falleció antes que transcurrieran dos meses de aquella despedida.

          Los ojos de Tommaso se habían humedecido por el tierno recuerdo y la emoción que lo embargaba.

          Mauro había escuchado ensimismado y, sin poder creer, cómo el destino se cruza en la vida de las personas, a veces para mal y es una fatalidad, pero, generalmente para bien y es una bienaventuranza.  Éste era uno de esos casos, en donde la suerte, el hado, lo imprevisible, favorece a las personas, y pensó que Tommaso nunca podría imaginar que aquel “algún día”, que expresó su padre de corazón, estaba más próximo de lo que jamás hubiese podido imaginar.

          Mientras el coche seguía su marcha hacia la casa de Mauro, éste, mirando a los ojos de Tommaso y bajando la mirada hacia el broche le preguntó:

          -¿Conoces el significado de esa letra D prolijamente encerrada en ese broche?

          -No,  respondió, sorprendido Tommaso.

          -Yo lo conozco, y sé su origen; sé porque lo tenía tú papá y no tengo dudas que es el mejor legado que pudo dejarte.

          Mauro se quedó atónito, mirándolo con los ojos desorbitados, mientras con los dedos de sus manos revolvía sus cabellos. No terminaba de entender el interés de Mauro por la charla que estaban manteniendo.

          -Me tendrás que contar toda esa historia, le respondió  y –agregó-: creo que tiene que ver con mi familia de sangre y tú la conoces.

          -Sí, así es Tommaso, pero ahora hemos llegado y me parece que a partir de este momento deberás atender a una paciente que requiere de tus servicios médicos. Antes de descender del coche, con picardía le preguntó

          -¿Cardiología, dijiste que era tu especialidad, no?

          -No, no es la cardiología mi especialidad, pero algo puedo intentar hacer. Lo dijo mientras esbozaba una pícara sonrisa. Tommaso había entendido la broma de esa pregunta.

          Ambos sonrieron.

 

 

 

 

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Osvaldo René Pamparana es Bioquímico procedente de la facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata. Es autor de numerosos artículos, ensayos, cuentos y novelas breves. Por su labor cultural recibió, entre otras distinciones el premio Santa Clara de Asís y fue nombrado Ciudadano ilustre de la ciudad de La Plata. Se presentarán los capítulos sucesivos de su libro La Medicina y el Arte Correspondencia a: opamparana@lpsat.com