NUMERO 114 - junio

Relato


¡Otro día igual a los anteriores! A pesar de la tibieza del sol de septiembre, de los brotes en los árboles que veo desde la ventana, aquí dentro reina el gris, el silencio de quienes entraron en las tinieblas del olvido o en la prisión de los recuerdos. Pertenezco a estos últimos. Cada día, cuando me despierto, casi siempre alrededor de las cinco, sé que deberé esperar, hasta el momento de levantarnos, casi tres largas horas que no avanzan, como si fueran las aguas de un río casi congelado.

Después del desayuno compartido con los demás, sentada detrás de la ventana, observo el sauce erguido en la vereda de enfrente. En su cabellera, el sol ha encendido las miles de gotas que olvidó el rocío. Entonces se inicia el desfile de los recuerdos.”Los viejos viven de recuerdos”, oí decir desde mi niñez. Es verdad, pero no he tenido tiempo para seleccionarlos y guardarlos en compartimientos estancos de la memoria. Ahora, se agolpan, se mezclan, se superponen, pugnando, los más amargos, por ganar espacio. En vano trato de bloquearlos, de refugiarme en las horas felices, ellos vuelven tenaces.

Desde pequeña, la actividad fue un modo de afrontar la vida, pues mi madre se encargó de mostrármela como la única y mejor salida. Todo debía hacerse rápidamente; su mirada severa marcaba el ritmo de las tareas domésticas, de los deberes escolares, de los mandados, y hasta del juego, siempre breve pues era una pérdida de tiempo.

Ella trabajaba desde la mañana a la noche, era modista, pero se ocupaba de los quehaceres del hogar; el sueldo de mi padre nunca alcanzaba.

A fuerza de seguir aquel ritmo frenético, lo incorporé a mi existencia. Al terminar los estudios primarios, aprendí, junto a ella, a coser, cortar y hasta bordar. ¡Era todo lo que una mujer debía aprender! Luego, apareció Rubén en mi vida, no sé si lo amé o fue el compañero que me transmitía cierta serenidad. A pesar de su paciencia, de su modo de resolver los problemas sin caer en la obsesión ni en la ansiedad, no pude imitarlo.

Con la llegada de nuestro hijo, las ocupaciones se incrementaron, las horas de descanso se acortaron; mis nervios estaban siempre tensos, me movía  de aquí para allá, buscando siempre algo en que ocuparme, de inmediato.  Descansar, tomarme algunas horas para disfrutar del ocio, de un paseo, de un film, de la lectura, o simplemente para compartir con amigas; todo me parecía una pérdida de tiempo. La pila de ropa para lavar, planchar, coser, la lista de las compras por realizar…luego la comida, dar un vistazo a los deberes de Gerardo….Un torbellino. No reflexionaba, me arrojaba sobre las cosas con la idea fija de terminar rápido, de aprovechar bien el tiempo. Me volví ansiosa, impaciente, intolerante. Me molestaba la calma de mi marido, los juegos prolongados de mi hijo…Si la casa no estaba en orden, me invadía la angustia.

 Así pues, caí en un estado en el que se mezclaban la desazón, la angustia, la ansiedad. Mi cuñada me hizo ver la realidad y me aconsejó que consultara a un psicólogo. Una de las frases de aquel penetró en mi mente, hizo su camino, en profundidad:

 

“Tómese el tiempo para usted, no deje que el tiempo se quede con todo”.

 

Intenté, sí, lo intenté cada día, pero, al cabo de varios meses de lucha contra aquella voz implacable que me exigía trabajar, comprendí cuánto era  tarde buscar un cambio. Abandoné la terapia, aun sabiendo que el tiempo calculado, medido en horas de actividad, había devorado mi capacidad de emocionarme, de disfrutar, de compartir, de dejarme llevar por la calma del reposo, y flotar  a la deriva sobre sus aguas mansas.

La agitación permanente había sido una manera de no pensar en aquello  que lastimaba, deseaba o soñaba. Moverme sin cesar para no darme cuenta de que mi matrimonio se había hundido en la rutina de quienes se resignan. El enfrentamiento con la realidad, habría significado la búsqueda de  cambios, y éstos nos infundían temor.  El diálogo era sólo un intercambio de pareceres sobre nuestra realidad exterior. Jamás intentamos asomarnos a la otra, íntima, que navegaba sobre un fondo amenazador.

Los años pasaron como mi vida, vertiginosamente. La muerte se llevó a Rubén, mi hijo vive en otro continente, casi no lo he visto en los últimos años. Mi corazón está cansado, mi  piel se arrugó tempranamente, mi espalda se encorvó, las fuerzas me abandonaron y la lentitud me impuso su ritmo antes aborrecido.

A los ochenta y dos años, me veo reducida a esta inmovilidad, lejos de mi casa. Antes, mis manos volaban sobre las cosas con aleteos de pájaro enloquecido; ahora, yacen sobre mi regazo, con la inmovilidad de un leño. Yo, que ni siquiera reparaba en la marcha del sol, sino para precipitarme a realizar la tarea impuesta por la hora, ahora lo sigo en su desesperante lentitud. Allí sonríe, en lo alto del cielo, indiferente, con todos sus dientes dorados afuera.

Me sobra el tiempo, me desespera no haber aprendido a gozar de sus atributos, no haberlo vivido en esa otra dimensión donde las emociones, al fijarse en el alma, perduran, viven, se renuevan: la dimensión de lo cualitativo. Por el contrario, viví en la dimensión de lo cuantitativo y mi vejez cierra los puños sobre la nada. El reloj se llevó un tiempo de acción, de rutina, de imposiciones que no supe reemplazar.

¡Es tarde!, me repito, ¡demasiado tarde! ¡Eso depende de vos! Grita una voz dentro de mi, trata de convencerme. Me dice: tus ojos deben aprender a descubrir otra realidad, detrás de la que enfrentas cada día, tal vez el sauce te revele sus sueños, el viento mueva su cola impaciente por contarte sus andanzas. Tal vez tus años se estremezcan con la caricia del sol, con el contacto de otras manos, con la suavidad de una flor o la mejilla de un niño…No es tarde para inundar tus horas con imágenes capaces de dar un sentido distinto a tu vejez. ¡Vamos, inténtalo!

 

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Teresa G. Minhot Profesora de Francés; ex Prof. de francés del Instituto Superior Olga Cossettini Ex. Prof. de francés en Humanidades y Arte y Escuela de Música Prof. de Literatura francesa en la Alanza francesa de Rosario. Miembro de la Asociación argentina de Literatura francesa y francófona. 5º Premio Certamen Literario Nov. 2012 del "Grupo de Escritores Argentinos" médico Clínica-UNR.org