NUMERO 115 - agosto

Relato



        En una pequeña librería de Maldonado me distraía observando los títulos en la sección de Filosóficos y Ensayos. Sólo me distraía; los precios ponían mucho empeño en disuadirme de llevar adelante compra alguna. Bastante provista, la librería me proponía más de un título interesante en el escasísimo espacio que el centro de compras le permite ocupar.

     Justo a mi lado, un niño mira, y remueve por los lomos, libros en el mismo sector en el que me encuentro. Es un changuito más apto para los Backyardigans o para la Linterna Verde que para las obras sesudas; tal es mi prejuicio. Oye, ¿te gusta leer? Si señor me encanta, las librerías son mis lugares favoritos. Y ¿qué te gusta leer? Ah, me encantan los filósofos, ya me he leído a Aristóteles, Paltón y Descartes.

       Se llama Martín, tiene doce años, el pelo revuelto, una mirada franca, directa, inocente. Todavía lleva puesto el short de baño y una remerita ajada, es que recién viene de la Brava que se encuentra cerca, a tres o cuatro cuadras. Lo primero que me llama la atención es la predisposición al diálogo con un adulto desconocido. En estos tiempos de forajidos desbocados de todo tipo, que un niño acepte compartir su inocencia con un adulto, es una bendición en sí misma.

      Cada uno sigue por su lado, me distraen algunos textos de Foucault, Barthes y uno hermoso de Walter Benjamin, pero me son inaccesibles. Ya los buscaré por internet, acaso los consiga gratuitos en PDF. Me acerco a la caja para preguntar el precio de una novela de Enrique Vila Matas en edición de bolsillo. En ese mismo momento, coincidimos de nuevo con Martín; él pregunta por el precio de una edición de tapa dura de la Crítica de la Razón Pura, de Emmanuel Kant. La cajera le da un precio exorbitante y le advierte que está reservado para un cliente. La cara de decepción de Martín es manifiesta. Un señor “Prudencio” que se encuentra detrás de él en la fila le dice: “Eso estás por leer, mirá que de allí no se vuelve”. ¿Leíste a David Hume?, te conviene hacerlo antes, de Kant no salís más. Martín le agradece, y con carita de frustración, regresa a las estanterías.

    -  ¡Martín!, ¿dónde estás?, un señor de mediana edad llama desde la puerta del negocio. 

   - Buen día, ahí está adentro Martín. ¿Es usted el papá? Ante la señal de asentimiento: ¿sabía usted que tiene un hijo notable? ¿Realmente ha leído todo lo que afirma haber leído? 

    - Sí, se pasa el día leyendo. Todo comenzó con la serie esa, Merlí, luego vinieron los libros esos para principiantes, esos con dibujos, ¿vio? Se los leyó a todos. Luego vinieron Platón, Aristóteles y, ahora últimamente, Descartes.

    - ¿Y usted mismo lo guía? 

   - No, prefiero no hablar con él de esto. En realidad no sé si es que prefiero o me resulta imposible hacerlo. Estoy muy preocupado por Martín, con todo esto de los libros se está alejando de sus amigos. Casi no sale con ellos, lo buscan y nada, siempre pone excusas. Lo veo como ido, como que está viviendo en su mundo.

   - Mire…la de su hijo no es una vocación frecuente, intervino Prudencio. En realidad, es más bien rara. Si usted no puede hacerlo, es recomendable que alguien lo guíe. Es importante ayudarlo para que, a dosis justas, avance sólidamente.

    - ¿Será que el niño está enfermo?

“El punto inicial de todas las búsquedas es, para Santo Tomás de Aquino, la famosa frase de Aristóteles; “Todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber”[1] “Primero al hombre lo desvela el deseo de conocer la realidad, segundo, así como el fuego se inclina a calentar las cosas, el hombre se inclina a saber, a entender, tercero, sólo el intelecto nos permite intentar unir nuestro fin con nuestro principio.”[2]

   - Es totalmente natural que lo haya picado el bichito de la curiosidad. Lo que Martín tiene de original es que no ha desoído esa llamada. Los ruidos del mundo y de la edad no lo hayan ensordecido.

      Creo que Martín en efecto está enfermo. Está enfermo de esa sed insaciable que promete ser aplacada por el próximo libro. Luego, tendrá que venir otro porque no logrará la saciedad. Luego otro, y otro, y así hasta siempre. En el caso de que no se ‘cure’, vivirá ansiando esa prometida gota de lluvia que sólo aliviará momentáneamente su sed.

       Camille Claudel ansiaba llevar a cabo la escultura perfecta. Renunció a todo, se encerró para lograrla, rompió con todas las convenciones. La internaron “enferma” en un sanatorio de alienados. Los “sanos” la mantuvieron treinta años allí hasta que se murió.

     - Y usted que opina, ¿qué hago?

   - No aplicaría ninguna vacuna ni haría ningún tratamiento. Todo lo contrario, buscaría un Maestro que lo guíe con prudencia. Eso sí, se lo advierto, esto puede llevarle a usted la vida entera.

     - Cariños a Martín.  

          

 

 

 



[1] Manguel, A. Una historia natural de la curiosidad; Siglo XXI, Buenos Aires, 2016.

[2] Adaptado de la cita anterior.  

1

(*) Prof. Dr. Ricardo Teodoro Ricci • Médico Clínico • Especializado en Comunicación Humana y Sistemas Humanos • Titular interino de Antropología Médica (Grado) • Adjunto a cargo de Epistemología (Posgrado) Facultad de Medicina Universidad Nacional de Tucumán .