NUMERO 115 - agosto

En el Arte también existen las historias de vida



Mujeres reales, que no son tan serenas tal como las pintaba, ni habitaciones tan tranquilas ni tan impecables. Una invitación a la vida a través de sus ojos, unos ojos que sentían infinito placer al ver un cuarto desde el cual, entre otras escenas, una dama miraba silenciosamente a través de una ventana. Enalteció la excelencia de la mujer, otorgándole un espacio propio, un espacio pictórico.

Conmueve e inspira con sus radiantes amas de casa pues, mediante una técnica soberbia, en realidad está queriendo entregarnos a Vírgenes con collares de perlas, madonas secularizadas, sentadas en salas con piso blanco y negro.

Realmente no sé, tal vez sea el ruido, o mejor dicho, su ausencia. En una época en la que todos estamos inundados por el bullicio de la información, Vermeer ofrece un refugio…habitaciones colmadas de un intenso silencio que sólo podría existir en un museo o, más bien, en un convento. Nadie ha capturado el silencio de modo tan intenso como él,  y tampoco nadie puede decir con seguridad qué es lo que ocurre realmente en sus pinturas. En realidad se las podría definir como alegorías de la adultez… cuando la locura ya no nos resulta deseable y ansiamos calma y tranquilidad.


La lechera (1660-61), Vermeer. Óleo sobre lienzo, 44,5 x 41 cm, Ámsterdam, Rijksmuseum.

Vermeer nos presenta a la mujer concentrada en su quehacer, con la mirada baja como símbolo de humildad, vertiendo la leche en un cuenco con dos asas. La escena se desarrolla en una sobria estancia con paredes grisáceas en la que destacan los clavos, los agujeros o las grietas de una morada humilde. Sobre la mesa, encontramos un cesto con pan y algunos panecillos fuera de él, lo que para algunos expertos se interpreta como una alusión a la eucaristía, mientras que la leche sería el símbolo de la pureza. La potente iluminación inunda la estancia y resalta las brillantes tonalidades, especialmente el amarillo y el azul, utilizando la característica técnica "pointillé" con la que reparte los chispeantes puntos de luz por toda la superficie del lienzo. Esta iluminación debe su origen a los maestros italianos del Renacimiento, especialmente a la escuela veneciana, y de los seguidores de Rembrandt. El cuadro fue desde muy pronto apreciado por los amantes de la pintura de Vermeer, tal y como se pone de manifiesto en el elevado precio pagado por él cuando fue vendido en 1696: 175 florines.

Buena parte de las composiciones de Vermeer presentan a la mujer como vehículo para criticar los vicios de la sociedad holandesa de su tiempo, al igual que la mayoría de los pintores de género del Barroco. Sin embargo, encontramos un pequeño grupo -en el que destaca la Lechera- donde se presenta el modelo en "positivo", mostrando a la mujer como ejemplo de virtudes y como modelo a imitar. La Lechera no sólo destaca por su intimista belleza, sino que además ensalza la labor de la criada.


Mujer joven con jarra de agua- Johannes Vermeer (1662)

Óleo (45.7 x 40.6 cm) Museo de Arte Metropolitano de Nueva York.

Una vez más, podemos admirar la misma estancia que aparece en otros cuadros del autor, suavemente iluminada desde la ventana de la izquierda, con los típicos vidrios emplomados del norte de Europa. El mismo personaje femenino, la señora de la casa, está abriendo la ventana en su rutina cotidiana. Toma una jarra de agua bruñida, sobre una jofaina, posiblemente para hacer algún tipo de limpieza.

Sobre la pared continúa colgado el mapa que aparece en otros cuadros. La dama medita sobre el motivo de la vidriera emplomada, con la mirada baja y concentrada, embelesada, a pesar de que su mano sostiene la jarra de plata. Quizás podría estar revelándonos el secreto de esa suspensión de sus tareas domésticas, permitiéndose un respiro en medio de las obligaciones, lejos de los niños que gritan o de las pilas de ropa por lavar. En la vidriera encontramos una representación de la templanza, una de las virtudes cardinales, por lo que los expertos consideran que estamos ante una representación de la virtud. Como contraposición a los objetos virtuosos encontramos (la palangana y la propia jarra) un joyero con perlas y lazos azules que se interpreta como un símbolo de la coquetería y la vanidad, lo que implica que la mujer debe escoger entre la virtud y el vicio, temática frecuente en el Barroco. En cuanto a la técnica, Vermeer sigue interesado por representar la luz que provoca intensos contrastes y envuelve la estancia en una etérea atmósfera, al tiempo que resalta los brillos de los colores, especialmente el amarillo, el blanco y el azul.  Sabemos que la producción de Vermeer fue muy reducida y exquisita en su ejecución. El artista repitió los mismos modelos a lo largo de su vida, con pequeñas variantes llenas de poesía cotidiana.

La joven de la perla,  Johannes Vermeer (1665 / 67) Óleo sobre lienzo, 46,5 x 40 cm, La Haya, Mauritshuis.

Su Muchacha con un aro de perlas, muestra a una joven con turbante azul que mira por encima de su hombro izquierdo, como si alguien acabara de llamarla por su nombre. Al girar el rostro, la luz arranca un delicado brillo de uno de sus aros de perlas. Esa luz que resbala desde su rostro hacia la perla gris, la convierte en blanca en el punto en que la toca. Son muchas las interpretaciones de estas preciadas piedras. Emblemas de un estatus social, pues representan el lujo de la creciente clase media de la época, las perlas se han utilizado como símbolos de la virginidad o de la fuerza femenina,  significando también las lágrimas de las damas casadas en matrimonios de conveniencia. La realidad es que el grano de arena que entra en la concha le provoca dolor y el molusco lo recubre de nácar, transformando ese tormento en… ¡belleza!

La modelo, casi sin cejas (como la Gioconda de Leonardo), es conocida también como La Joven del turbante, La Mona Lisa holandesa o La Mona Lisa del norte. En ella se resume toda la destreza en el color del maestro de Delft, y nos sigue planteando preguntas. ¿A quién mira la portadora de esa perla que, por el tamaño, se dijo que seguramente es falsa? (en la época ya había un mercado importante de perlas falsas). Seductora como pocas, guarda sus secretos y nos deja fabular a nuestro antojo.

Cuesta alejarse de su mirada. La seducción de este pequeño cuadro, al que nos podemos acercar en el precioso museo Mauritshuis de La Haya, es poderosa y permanente, te atrapa para siempre. 

 

           

Detalle de La joven de la perla

La perla que luce en la oreja izquierda tiene forma de esfera o semiesfera, pero al acercarse se ve que está hecha  con sólo un par de pinceladas de color blanco.

 

Breve biografía de Johannes Vermeer (1632-1675)

Johannes Vermeer van Delft (31 de octubre de 1632 - 15 de diciembre de 1675), también llamado Joannis ver Meer o Joannis van der Meer, e incluso Jan ver Meer, es uno de los pintores neerlandeses más reconocidos del arte Barroco. Vivió durante la llamada Edad de Oro neerlandesa, en la cual las Provincias Unidas de los Países Bajos experimentaron un extraordinario florecimiento político, económico y cultural. Se sabe muy poco de Johannes Vermeer. Solo se dispone de algunos documentos referidos a su bautizo, su labor en la cofradía de pintores de San Lucas, su matrimonio y su muerte, a los casi cuarenta y tres años. 

Hijo de un tabernero protestante, se convirtió al catolicismo al casarse en 1653 con Catharina Thins, de familia católica acomodada, con la que tuvo quince hijos (murieron cuatro estando Vermeer aún con vida). No se sabe quién fue su maestro ni en qué taller aprendió, pero a los veintiún años obtuvo el título de maestro de la pintura. Esto significa que durante los años anteriores tuvo que recibir clases y practicar muchísimas horas frente a un lienzo.

A Vermeer le habría encantado vivir de la pintura, pero necesitaba ganar bastante dinero para mantener a su numerosa familia y, entonces, buscó un trabajo más estable. Por suerte lo encontró y durante toda su vida se dedicó a  vender antigüedades y obras de otros artistas, es decir, fue comerciante de arte. Pero le apasionaba pintar y nunca dejó de hacerlo. Realizó algo más de cuarenta cuadros de los que solo se conservan treinta y uno.

Tenía poco tiempo libre y dedicaba largas temporadas a cada obra. Realizaba una media de dos cuadros al año. Si conseguía vender alguno, le pagaban muy poco. Desgraciadamente, murió arruinado y agobiado por las deudas a la edad de cuarenta y tres años, recibiendo sepultura en el panteón de los Thins en la Oude Kerk de Delft

En contra de la costumbre de los famosos pintores, parece que Vermeer no tuvo alumnos ni taller. Y aunque su arte era, por lo que podemos ver, profundamente admirado y valorado por los cognoscenti (expertos) de Delft y sus alrededores, no produjo imitadores contemporáneos ni especial atención de la crítica. El despertar se produjo en el siglo XIX.                                                                                                                                         


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María José Goás es oriunda de La Plata. Se ha desempeñado como docente en Artes Visuales, Historia del Arte y Diseño Industrial en numerosas Instituciones de su ciudad natal y en el Atelier de las Artes que fundó en el año 1984. Por su actividad en Investigación, Gestión Cultural y Producciones Visuales interviene como colaboradora y panelista en Convenciones Nacionales e Internacionales desarrolladas en diversas Universidades del país. mariajosegoas@gmail.com