NUMERO 115 - agosto

Relato



Acá las balaceras se volvieron una cosa corriente. Tanto que uno ya está habituado, como a cerrar la puerta con llave o no meterse de noche en las zonas pesadas. Por ejemplo, si ya estoy en la cama, aunque sienta que los tiros son en mi calle, yo ni siquiera me levanto. Todavía me despierto, sí, y si son de pistola o revólver, hasta me da por contarlos. Nunca son más de seis porque como los hacen desde una moto o un auto, la velocidad les impide aumentar la cantidad de disparos. Martina, que duerme como una osa, ni siquiera se sobresalta, ni se mueve. Despertarse, mucho menos. Así que si me acuerdo, en el desayuno, le cuento que a tal hora escuché tantos balazos, como otras parejas se cuentan los sueños de la noche o los dolores con los que amanecieron. No me da mucha bola que digamos. Es lógico, porque mientras me tomo el café, ella va y viene para levantar a Pili y a Tomi, para auditar que se vistan, para servirles la leche y  aguantarles las pendejadas si se levantaron con el humor de los padres cuando hay paro docente. Entonces, a veces me dice: qué cosa che, o qué desastre, y el tema se olvida hasta la próxima balacera que casi nunca se hace esperar mucho tiempo.

Al principio, me parece, tenían un objetivo determinado. Un ajuste de cuentas entre bandas rivales, amedrentar a un político o a un juez, silenciar a un testigo o sacar de la escena a algún tipo problemático. Las cosas eran transparentes, claras, porque la balacera tenía un motivo, era por algo. A la mañana, uno salía para llevar los pibes a la escuela o comprar azúcar en el almacén, y más rápido que la CIA te enterabas de cómo venía el asunto. Sí, te decían, cualquiera te decía, le balearon la casa a X porque andaba vendiendo sin permiso, o le metieron un par de tiros al cuñado de Y porque anduvo batiendo cualquiera contra tal fiscal o tal diputado. Así, uno estaba informado y tranquilo porque la balacera era la obvia consecuencia de una causa. Pero, ahora, todo se salió de cauce. Ahora son, ocurren, y ya no le buscamos la razón porque nadie sabe el quién, el por qué, el contra quién… nada.

Antes sabíamos que los tiradores eran del clan A o B, los muchachos de la barrabrava, o polis retirados o procesados que agarran esas changas de balear un frente o un coche para matar el hambre. En cambio, de pronto, se volvieron tantos y siempre distintos, nuevos, que ya no hay explicación convincente para tanta mano de obra armada. Ni por qué lo hacen, que es lo peor, ni saber qué provoca la balacera en esta cuadra, en esta manzana, en este barrio. Y mirá si será frecuente, que ya ni los medios se calientan en venir a levantar la noticia. Y pensar que al principio ponían las balaceras en primera plana. Ya no. Si aparece algún periodista, pispea un poco, pregunta si hubo muertos y, si se le dice que no, se decepciona. Se encoge de hombros y a veces hasta se pone sarcástico porque no pasó nada; entonces, ¿para qué mierda llamaron al diario? o al canal, o a la radio… es lo mismo, no importa.

No es que me queje, en absoluto. Somos animales de costumbre, y protestar con los vecinos no arregla los problemas. Entonces, uno hace como con la lluvia y los truenos, se adapta porque los fenómenos meteorológicos, como las balaceras, pasan. Por eso se trata de llevar la vida de siempre. Y hacer de cuenta que nunca vamos a mojarnos. Así que un martes en que mi hermana se quedó a cenar y ya era tarde, tal vez las once o las doce, dejé que Pili viniera con nosotros para despedirla en la calle. Mi hermana había dejado el auto justo frente a mi puerta y nos demoramos un par de segundos en saludarnos. Pili había visto un gato en la vereda, y se alejó unos pasos para tratar de atraparlo. Cosa de niños, por supuesto, nada para inquietarse. Pero, en ese instante, la parsimonia de la noche se fracturó con el bramido de un caño de escape. De inmediato, giré la cabeza hacia la izquierda y entre los techos de los coches y los troncos de los árboles, vi la moto que se lanzaba a la carrera por el centro de la calle. Los dos tipos llevaban casco y, el de atrás, se erguía tratando de lograr el equilibrio que necesitaba. En otra época hubiera temido que se nos vinieran encima para robarnos, pero ya no tenemos tanta suerte, y pensar que antes aquello nos parecía el colmo, la peor de las desgracias.

En seguida supe que estábamos jugados. El gato había escapado, Pili estaba a tres metros y mi hermana me daba la espalda porque se había volteado para dirigirse a su auto. Alcancé a saltar sobre ella y tirarla al piso, mientras gritaba; ella por la sorpresa, y yo por el espanto. Pum, pum, pum, pum, pum. Sonaron los disparos y la moto desapareció con el rugido del motor acelerando. Cuando miré a la derecha, comprobé que Pili estaba de pie, como en trance, observando el amasijo de brazos y piernas que yo formaba con mi hermana. Lo más rápido que pude, me había golpeado las rodillas al caer, corrí hasta ella para tratar de asistirla, de tranquilizarla, aunque no parecía nerviosa, ni asustada. No, mi hija estaba como siempre, pero una sombra de bronca, de reproche, le enturbiaba los ojos. Justo entonces, salía Martina preguntando estúpidamente qué había pasado. Mi hermana empezó a explicarle mi acto heroico, pero una tos fingida de Pili interrumpió su relato.

Estábamos bien, estábamos todos bien, por suerte, ninguno se había mojado. Entramos, los cuatro entramos y Tomi quería saber por qué la tía estaba tan nerviosa, por qué lloraba mamá, por qué su hermana estaba enojada con papi. Traté de calmarlos a todos, como pude, yo también estaba en shock y tanta agitación no ayudaba. Llamamos a la policía, acostamos a Tomi y le di medio sedante a Martina, que abrazaba a Pili y seguía llorando. Mi hermana y yo volvimos a la vereda, no sé si para esperar el móvil que nos prometieron o para escapar del clima tenso que reinaba en la casa. Por curiosidad, revisamos las fachadas y encontramos en una prolija línea recta en las paredes de mi casa y de la contigua, cuatro impactos a un metro y chirolas de altura, separados cada uno por una distancia semejante. El quinto disparo, extrañamente, no había dejado su marca en ninguna parte. Lo buscamos en los árboles, en los autos, más arriba, más abajo. Mi hermana arriesgó que era posible que hubiera sido un tiro al aire. Lo dijo y frunció la cara. Yo sabía que ese gesto es el que delata todas sus mentiras y sus engaños. Porque los dos adivinábamos que el quinto disparo había pasado justo, justo donde Pili estaba parada.

Yo no me atrevía a entrar de vuelta. Además, me excusé, podía ser que llegaran los policías y alguien debía estar afuera para que no se hicieran los zonzos y pasaran de largo. Por eso, fue ella. Se demoró cinco minutos, y volvió aliviada. No, me dijo, quedate tranquilo: a Pili no le pasó nada. Sí, era un alivio, claro. No estaba herida, de milagro, no la habían matado. Pero era obvio que la bala había pasado por allí, por el sitio exacto en el que Pili se había detenido cuando había comenzado la balacera.

Pasaron los minutos, un par de horas. Mi hermana se fue porque trabajaba temprano y yo me quedé sentado en el umbral, fumando. No quería entrar, no podía. Prefería estarme ahí, en medio de la noche, con la cabeza hundida entre las manos y el cigarrillo consumiéndose mientras yo contenía el llanto.

La policía no vino y ya escuchamos otras dos balaceras, por lo menos, y el mundo sigue girando. Todo pasa, es sabido, y creo que Pili alguna vez, tal vez en unos días, dejará de evitarme y mirarme con odio, y podrá perdonarnos.   

 

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Federico Gonzalo Ferroggiaro es Periodista / Profesor Universitario en Letras (U.N.R.) Encargado de prensa de la U.T.N. - Rosario y docente. Obtuvo, entre otras distinciones, el Segundo Premio Ciudad de Rosario (2008) que consistió en publicación de su libro de cuentos "El pintor de Delirios" (Editorial Municipal de Rosario, 2009).