NUMERO 115 - agosto

Relato


Escribo porque el hombre es el único animal que escribe y porque,  además, nunca pude comprender cómo es que hacen los hombres que no escriben para velar su propia conciencia de la muerte.

                 Federico Jeanmaire.

 

También estaba podrido de dar esa clase. La de "problemas clínicos en el adulto mayor”, que rebauticé, a pesar del titular de la cátedra, vivir 100 años”. Allí repetía lo de la transición demográfica, la revolución epidemiológica de enfermedades agudas a crónicas y el necesario cambio cultural para revertir la “gerontofobia”. Analizo el lenguaje popular que desde chico nos amenaza con el viejo de la bolsa o la descalificación a un profesor porque es un “viejo de mierda”. Sigo con los padecimientos de los ancianos en términos previsionales, urbanísticos, de accesibilidad a los servicios, con la obra social PAMI y con los médicos que los discriminamos en las prestaciones sólo por ser viejos. Reflexiono sobre el lugar de los ancianos en la sociedad de consumo y, en especial, acerca de la imagen que construye la televisión sobre ellos. Levanto un poco el ánimo con el chiste de la viejita de 90 años a quien le dolía la rodilla izquierda y casi todos los médicos le respondían: “y bueno, abuela, tiene noventaq años por eso le duele…”. Y la viejita: “doctor, no soy su abuela, y la rodilla derecha también tiene noventa años y no me duele…”. Los alumnos sonríen y aprovecho para explicar la regla de los tercios en la consulta: envejecimiento, patología y desuso. Después vuelvo a mostrar todos los problemas que acarrean los viejos en la consulta: las dificultades para la movilidad, con la indumentaria para tomar la tensión,  a lo que se agrega que no escuchan bien, no ven bien, se olvidan las indicaciones y los medicamentos, a veces, el olor a orina por incontinencia, el enorme tiempo que todo esto requiere, y remato con la mala remuneración del acto médico. En ese instante, cuando, exagerando las terribles condiciones para atender ancianos, pongo a prueba la vocación y el juramento hipocrático, termino con esta frase matadora: “jóvenes, a diferencia de la neumonía, el infarto, el sida o la hepatitis, que solo algunos de nosotros padecerá a los largo de la vida, todos llevamos, como una sombra… (acá hago una pausa imperceptible pero vital para el golpe de efecto sensiblero final) un viejo adentro". Me quedo parado, recorro el auditorio mirándolos a los ojos y tratando de ver, en aquellos que no toman apuntes, si se conmovieron o no. En más de una oportunidad terminan aplaudiendo desmesuradamente.

No doy más la clase de esa manera desde aquel viernes que atendí a Sarita, la viuda de mi tío abuelo que, con sus noventa y tres, me enseñó que la vejez no es una clase teórica.

El oficio de médico requiere de condiciones mínimas para su ejercicio. El ambiente, el tiempo de la consulta y, sobre todo, el estado psicofísico del profesional. No atendemos igual a un paciente joven, limpio, y que pagó nuestros honorarios en el sanatorio privado, después de haber pasado una buena noche en casa, que a un paciente viejo, sucio y pobre en el hospital público, después de veinticuatro horas de guardia sin pegar un ojo y varios certificados de defunción encima. Usted dirá, con toda justicia, que son tan humanos uno como el otro; pero, el médico, aunque quiera ocultarlo, también es humano. Ejercer el oficio con mínima dignidad requiere de mucho estudio, entrenamiento y actitud de servicio. A pesar de todo, nos equivocamos, y más de una vez nuestras miserias aparecen en todo su esplendor, como cuando atendí a Sarita. Pero, todavía no es tiempo de contarlo.

Todos tenemos un lado oscuro, reprochable, bestial, políticamente incorrecto, que tratamos de mantener fuera del contacto con la realidad. Es nuestra intimidad más inconfesable. A veces pienso en una maestra rural abnegada que tras un mal día se moriría de ganas de decirle a sus alumnos lo que realmente piensa. Que está repodrida del aula fría en invierno y caliente en verano, que usen las netbooks para estar en facebook, que le paguen miseria por recorrer kilómetros a caballo, que se duermen por no tener la leche del desayuno, que no tolera el olor a patas y a mugre, que no soporta el constante acoso del director o las inmundicias que le dicen varios padres respecto de su cuerpo. Todo eso es prolijamente silenciado y transmutado en una sonrisa bondadosa por la vocación docente. Se coloca el guardapolvo y renueva el acto más sublime de su profesión: enseñar para transformar el mundo.

El curita que trabaja en la villa miseria y, un día, después de años de embarrarse en la más oscura marginalidad, en plena misa se despacha con esa intimidad y les confiesa que está harto de la pobreza, de la droga que circula con la complicidad policial, que sabe que le roban sistemáticamente de la alcancía parroquial, que está en condiciones de señalar a los violadores que repiten su barbarie sin discriminar familiar o edad, que llora reprimiendo el amor que le impone el celibato, que el obispo lo esquiva olímpicamente porque él sabe que es un pederasta, que conoce dónde hacen los abortos con agujas de tejer, que el confesionario es el motivo del insomnio pertinaz que padece hace años y que si Dios en realidad existe, jamás pasó por ahí. Pero nada de eso dirá, se pondrá la sotana y/o el cleriman de los curas, dibujará en su cara la mejor sonrisa y saldrá a redimir pecadores con renovada fe cristiana. La religión como herramienta para cambiar al mundo. Para eso eligió ser sacerdote; pero, su intimidad convive con él, acallada.

Podría seguir enumerando oficios y circunstancias que conozco por mi profesión de médico; sin embargo, permanecerán siempre en silencio, en mi intimidad, resguardada por el dogma del secreto médico.

Ahora sí puedo contarles lo que me pasó ese viernes a la noche con mi querida Sarita. También los viernes, como cada día de semana, al igual que el guardapolvo de la maestra o el hábito del sacerdote, me pongo la chaquetilla de médico para asistir a los enfermos. Llevaba visto no menos de cincuenta pacientes, entre la revista de sala del hospital y mi consultorio particular. Anochecía, estaba cansado, con sueño y con las injurias cotidianas a flor de piel. A saber: conflictos afectivos, compromisos sociales, el clima, accidentes, presiones laborales, trámites burocráticos, competencias, responsabilidades horarias, imprevistos desagradables, y la lista podría continuar.

Sarita es portadora de un humor excepcional, la atiendo hace más de dos décadas. Participé de su cumpleaños noventa y brindamos por la vida, le jaim, como dicen los judíos. A pesar de haber nacido en Argentina, tiene en la voz la cadencia y tonalidad propia de los inmigrantes centroeuropeos. Ella me llama periódicamente por teléfono (la reconozco al instante) por consultas médicas y más de una vez al mes me visita en el consultorio cuando se le da la gana, o sea, sin turno y pagando el monto de la consulta según su ánimo. Además de la relación familiar, estos encuentros, mantenidos por años, permitieron un vínculo mucho más profundo que la relación médico-paciente tradicional. La quiero, y cada vez que la veo renuevo mi afecto por ella. Quizás por esa confianza basada en el cariño sostenido en el tiempo, es que sucedió lo de aquel viernes.

El teléfono volvió a sonar por enésima vez en medio de la consulta y ya llevaba dos turnos de retraso. De nuevo mi secretaria: “doctor, le recuerdo que en la sala de espera están Gómez, Taravella, el visitador de Pfizer y acaba de llegar Sarita que quiere que la vea…”. Corté sin responder, y seguí atendiendo. Sentía la cabeza como una olla a presión, pero sin la válvula que evita las tragedias.

A la hora y pico entró Sarita, se sentó y antes de que se acomodara me despaché con: "¿qué te pasa Sarita?" (Imitando su tonada tan característica). Ella, como es un clásico en los judíos, respondió con una pregunta: “¿cómo estas vos?”

Ahora que lo escribo, revivo esos segundos con una claridad que no tuve. Lo que mandaba toda mi formación docente asistencial en adultos mayores, era que dijera como lo hacía sistemáticamente: “bien, y usted”, o “el paciente es usted”, o directamente “cuénteme qué le pasa” o “¿cómo se siente usted?” Pero no; en ese instante, irrumpió sin ningún tipo de censura mi intimidad, a la que nadie accede, y que a veces yo mismo desconozco: “¿sabes cómo estoy, Sarita?... ¡Podrido! Podrido de atender viejas como vos, viejas de mierda que se tendrían que haber muerto hace rato, que tendrían que dejarse de romperle las pelotas a todo el mundo, dejarse de joder y listo, así estoy, recontra podrido de los viejos como vos…".

Sarita no perdió en ningún momento la sonrisa que la distingue. Me miró comprensiva y, en la cadencia propia de su origen y estilo, me mató: “ya vas a llegar vos también…”. Ésa, y no otra, es una clase sobre la vejez.

 

 

 

 

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Carlos Presman. Médico. Prof. titular de Semiología, Hospital de Clínicas. Universidad Nacional de Córdoba. Autor de los libros: Ni vivo ni muerto, Letra de Médico y Vivir 100 años. carlospresman@gmail.com