NUMERO 115 - agosto

Belleza y Melancolía


¿Es posible definir la belleza? Quizás sea posible definirla desde distintos puntos de vista, lo que implica de inicio algunas dificultades. Es, en principio, parte de la Estética. Y aquí empieza la dificultad porque, sin lugar a dudas, hay en esa apreciación una gran carga de subjetividad. Para la filosofía, "lo bello" es una cualidad que ha variado a través de la Historia. Para Platón, la belleza es el Bien, que poco tiene que ver con el Arte, algo muy menor para el filósofo. Lo cierto es que el canon de lo bello es epocal. Lo que para el Barroco era bello, quizás ya no lo sea tanto para un individuo actual. ¿La Belleza tiene que ver con la armonía de las formas? No siempre y no para todos los observadores y los estudiosos de la filosofía de las formas. Y, por qué negarlo. La belleza es aplicable a una imagen, a la música, a un poema, hasta a un estado de ánimo.

El poeta moderno por excelencia, Ch. Baudelaire es quien nos ha mostrado más claramente estos cambios históricos de la Belleza, pero, en especial, la cuestión de la subjetividad. Así se abre el camino hacia la propia noción de belleza del poeta. Leemos en Fusées [1]“Encontré la definición de lo Bello, de lo Bello para mí”, expresión que transparenta la subjetividad y la heterogeneidad en las nociones de Belleza. El poeta no prescribe. Para él, lo bello es bizarro, provoca el asombro, es producto de la inteligencia, es la antítesis de la naturaleza y, también, es epocal. En síntesis, es la noción personal de Belleza de Baudelaire.

En Las flores del mal, [2], si bien la cuestión de la Belleza lo transita de punta a punta, elegimos dos poemas que aluden al tema e incluyen su nombre. Éstos son: “La Belleza” [3] e “Himno a la Belleza” [4]. Llama la atención que el autor incluyó ambos poemas en la sección Spleen e Ideal del poemario. ¿Por qué llama la atención esta inclusión de la Belleza en el Spleen? ¿Qué tiene que ver esta palabra que da título a cuatro poemas y se desgrana por todas Las flores del mal con el significado de hastío, desaliento, tedio y que, en inglés es, en primer lugar, el órgano al que se le atribuía la producción de una bilis negra relacionada con un estado de ánimo de frustración y hasta de violencia; luego, en el siglo XVIII es trasladada al francés con su segundo significado: melancolía, depresión, disgusto por la vida.

Es cierto que Baudelaire no usa casi nunca la palabra melancolía en sus poemas, pues era un término muy trillado del que los románticos habían abusado mucho. Sí, en cambio, aparece con mucha frecuencia en sus escritos teóricos, mientras que spleen, ennui, son utilizados como sustitutos poéticos de melancolía. Vuelvo ahora a mi primera inquietud acerca de esta ligazón entre Belleza y melancolía. Y, en este sentido, Baudelaire mismo nos dice que la melancolía es, no solo el estado de ánimo que caracteriza al poeta ideal, plenamente identificado con el dandy (con él mismo) y que describe como “ese ser medio nervioso, medio bilioso, con una mente cultivada y un corazón medio abrumado por la infelicidad, sino también, como lo dice en Fusée, es “la ilustre compañía de la Belleza”. No concibe la Belleza sin ese estado de infelicidad; la melancolía es, para el autor de Las flores del mal, como un toque de distinción frente a la alegría que es un adorno vulgar; ve en ella su propia imagen de poeta-dandy, el prototipo de poeta melancólico al que aspira, no puede menos que llevar esa melancolía a su producción poética. La Belleza sin el poeta no existe. Y la melancolía humana es ese estado productivo, ese estado que ya Aristóteles había definido como el que permite, mejor que cualquier otro, elevarse a los más altos pensamientos. Es la “melancolía fecunda” que lleva a la plenitud del saber. Y nosotros mismos podríamos dar cuenta de ello: si permaneciéramos siempre eufóricos, jamás nos detendríamos a reflexionar; no podríamos tener una productividad mental que, en resumidas cuentas, es la capacidad que tenemos de pensar.

En el soneto La Belleza, que mencionamos al comienza, es ella misma quien toma la palabra. El poeta le otorga estatuto ontológico pleno; ya no es un ente abstracto, un valor, como en la filosofía clásica, sino una figura materializada como “sueño de piedra”; un ente físico “eterno y mudo como la materia”. Está ahí. Es el poeta quien debe trabajar esa materia dura, casi como un escultor sobre la materia, para eternizarla. La Belleza, entonces, no es un atributo dado de antemano para Baudelaire, pues las cosas no son bellas en sí. Es el poeta quien talla una masa informe, carente de atributos, para convertirla en la estatua bella, en la cual ha dejado su impronta. El verso debe ser tallado a cincel.

En las dos últimas estrofas, "La Belleza" habla de los poetas a los que llama “dóciles amantes”, que podemos leer como una crítica baudeleriana, que subyace en todo el poema, al arte moderno; una crítica al Romanticismo porque el poeta no debe abandonarse a la inspiración, no debe ser “dócil”, dejarse seducir fácilmente ni caer rendido. Para Baudelaire, “la inspiración es la hermana del trabajo cotidiano”; es un trabajo lento y laborioso sobre la materia dura; tan laborioso que, a veces, es necesario haber llevado una idea dentro de uno mismo y haberla pensado durante mucho tiempo. Tal como lo dice en el poema, el poeta “consumirá sus días en austeros estudios”. La belleza es sueño, pero “sueño de piedra”. La inspiración sola es pasional, arrebatada, es natural; en cambio, “todo lo bello y noble, dice en otro lugar, es el resultado de la razón y el cálculo”. Para Baudelaire, la emoción es fuente de todos los males del hombre.

Y en el "Himno a la Belleza" va más lejos. Es un canto de alabanza al bien más preciado de la tierra; al Mal, por su fecundidad para producir belleza; el Mal que, de algún modo, expresa a la ilustre compañía de la belleza, la melancolía, En los primeros versos, le dice a la Belleza que hay en ella una sutil alianza, una unidad, como resultado de un vínculo en lo diverso: "tu mirada infernal y divina, derrama/ confusamente bienaventuranzas y crímenes". La Belleza, aun siendo nobleza y virtud, no proviene necesariamente del Bien; lo bello es ambivalente, dual, como el hombre mismo que la crea, en el que coexisten de manera simultánea dos postulaciones; así lo explica en "Mi corazón al desnudo": una es el deseo de elevarse hacia Dios, eso que podría llamarse espiritualidad, y la otra, de descender hacia Satán, la animalidad.

Baudelaire, como todo poeta fuerte, no podía dejar de sentir que había sido un creador incomprendido en su época, un creador para el futuro, tal cual lo expresa en este poema:

Estos versos te entrego por si mi nombre/ alcanzase por fortuna épocas futuras/ Ser maldito, a quien desde el abismo más hondo/ hasta la cima del cielo, nadie salvo yo responde.

Le habla a la Belleza, desde la más amarga soledad, a esa materia "eterna y muda"  a la cual le imprimió su efímera huella, su trabajo poético, esa dosis necesaria, personal y, por lo mismo, variada hasta el infinito, la única posibilidad para que la Belleza no desaparezca de la tierra. ¡Quién podría dudarlo!


[1] Del francés cohetes, bengalas; en los Petits poèmes en prose ( Le Spleen de Paris)

[2] Ch. Baudelaire; Las flores del mal; Buenos Aires: Ed. Losada; 1989.

[3] Véase  Op. cit.; p. 64.

[4] Ibid. ; pp. 68 -9.

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Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras. Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición. Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto. Correspondencia a: amaliapati2014@gmail.com