NUMERO 116 - noviembre

Relato



         La miraste. Vos sabés que la miraste y que ella te miró. La duda es si podés seguir mirándola o no, y si ese “no” significa que es apropiado que te acerques y le digas: hola, recién te estaba mirando y noté que me mirabas… o que directamente bajes la vista para hundirla en la pantalla del móvil, en las páginas de un libro, en la tarde que se va apagando entre los árboles próximos y los contornos verdes de las islas. Pero si volvés a mirarla, si vas a seguir mirándola, sabés que te expondrás a un peligro, a un sinfín de peligros de los que podrás o no hacerte cargo. Porque si la mirás otra vez, y ella te devuelve como un drive cruzado la mirada, no va a ser causalidad y empezarán las presiones, las tensiones, las demandas. De algún modo, perderás la libertad de decidir si seguir mirándola o no, porque vas a tener el influjo de esa reincidencia, de la repetición, y sentirás, como un pinchazo en las tripas, el deber de hacer algo. Pero, ¿algo como qué? Sobre este particular va a ser difícil acordar. El arco de posibilidades se extiende desde la potencialidad del lenguaje gestual: el guiño, la sonrisa, el mohin; hasta el repertorio de frases precocidas que ofrece el verbal. En este último caso, antes, previamente, tendrás que renunciar a tu espacio en la sombra y desplazarte para que los sonidos no se pierdan, no se distorsionen, no se mezclen con otros que, ondas invisibles, se trasladan en el aire. La corneta del churrero, el motor de las scooters, el trino de los pájaros, los berrinches y las risas de los niños. Esa resolución es la más arriesgada por varias razones; en especial, porque ese bloque a resguardo del sol es envidiado por madres, jubilados, pibitos que sudan después de haber corrido como electrones enloquecidos detrás de una pelota. De abandonarlo, se ocupará inmediatamente y no podrás arrepentirte, volver a sentarte ahí, tan fresquito, tan cómodo como un guardavida de pileta. Salvo que dejes tus cosas, tus pertenencias. La mochila, sí, la botella de agua, pero no el celular, ni el libro, o el libro sí, pero el celular no, al libro no van a robártelo, seguro. Pero la mochila, aunque tiene pocas cosas y mucho no te importan, son una presa tentadora para los que aprovechan un descuido para arrebatar los objetos ajenos. No, no queremos que te pase eso. Es horrible: la situación, tratar de impedirlo, el trauma que deja no haber podido evitarlo cuando bastaba con cruzar una de las tiras sobre el hombro, y llevarla; el hombre y su mochila, como una sociedad indivisible.

Pero no, no nos desviemos del tema. No quieras que me olvide en qué punto estamos: en que la miraste y te miró y no sabés cómo seguir para sentirte conforme. Porque es eso lo que te pasa, ¿cierto? La miraste, te miró, fingiste no darte cuenta, y ahora estás dudando cómo seguir porque te interesa. ¿Qué te interesa? ¿La posibilidad de un contacto, de una charla, de una conquista? Qué palabra ésa: conquista. ¿Lo habías pensado? Digo, esa contigüidad que se establece entre una mujer y un territorio que se somete. También los viejos relatores llamaban conquista al gol, a la pelota que entra en el arco, al logro que significaba una anotación. En fin, lo cierto es que te acomodás el flequillo, el pelo, y volvés a girar el cuello para mirarla. Ahora no buscás su rostro. No, te enfocás en las piernas, y te llama la atención que justo en el instante en que tu vista se concentra allí, ella alce la rodilla y arrastre el pie con sandalia por la franja de césped que precede a su lona, gruesa, colorida, a rayas. Te sorprende que esa pose destaque el muslo grueso, firme, sugerente, y que esa parte de ella te obnubile tanto como antes los ojos. Una pierna, un muslo, el shorcito que comprime la carne, que la aprieta, justo cuando la mano de ella la recorre, acariciándola, o rascándose. ¿O lo hace para que no dejés de mirarle las piernas? ¿En serio? ¿Te parece que es por eso? Digo, porque tragás saliva y no podés, te cuesta, volver al celular, al libro, a la tarde que declina enrojeciendo los colores. Deberías retirar urgente tu mirada de las piernas. Digo.      

¿Qué te autoriza a mirarla? ¿Qué fuerza o qué poder te permite mirarla? Dirás, excusándote, que no hay nada malo en mirar a alguien. Al contrario, como sos lector, medio intelectualoide, vas a argumentar que tu mirada funda al otro, le da existencia, que es una forma de reconocer el estatuto humano del rostro que se mira. Después de decirlo, vas a presentir el aplauso, la ovación, pero no esperarás que alguien te objete que el otro, la otra en esta oportunidad, no necesita de tu mirada para fundarse, para existir, para saberse humana.

Y fíjate cómo te devuelve la gentileza. No lo preveías. Ella levantó la cabeza, la giró y, con su mirada, te enfrenta. No parece hostil, pero tampoco invitante, provocadora. Te mira como si respondiera a tu inquietud, a tu urgencia. Como nota que te turbás, que no reaccionás, que hasta sospechás que hay algo malo en vos, sigue sosteniéndote la mirada como una lanza enhiesta. Ya no apuntan sus ojos a tu cara: te mira el abdomen, la panza, la pelvis, las piernas. Se sonríe. Es una sonrisa extraña, como de burla, esa. Y saca su móvil, y también te apunta con el teléfono. ¿Te estará fotografiando o haciendo un video? ¿Lo subirá a las redes sociales o lo compartirá con su grupo de amigas? ¿Qué dirá de vos? ¿Qué dirá? Esa sonrisa soberbia que se abre en sus labios te indica que seguro no es algo bueno.

Es horrible, un espanto, ese acoso. Renunciás a tu hueco en la sombra y escapás, temeroso de que esa mirada de mujer, todavía, te persiga.

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Federico Gonzalo Ferroggiaro es Periodista / Profesor Universitario en Letras (U.N.R.) Encargado de prensa de la U.T.N. - Rosario y docente. Obtuvo, entre otras distinciones, el Segundo Premio Ciudad de Rosario (2008) que consistió en publicación de su libro de cuentos "El pintor de Delirios" (Editorial Municipal de Rosario, 2009).