NUMERO 116 - noviembre

El problema del nombre


Porque así es la historia, escrita o contada, la biografía no es más que un reflejo en espejo de lo que somos; aunque a veces las figuras no estén invertidas como en él, la vida te obliga a escribirlas con los recuerdos de los amigos y, por qué no, también de los enemigos; alguna razón tendrán si ellos deciden escribir sobre tu vida, y el relato será como un canto silencioso con secuencia de imágenes, acciones y palabras alusivas al recuerdo de tu vida; y será tu biografía como una novela, como todas las biografías, y tú no tendrás acceso para rebatir, concluir o agregar; tu recuerdo será, entonces, como un vegetal sujeto a regarlo con la memoria para mantenerlo vivo. La biografía es una forma de la novela.

 

Cuando nací, mis padres se disputaban el nombre que me correspondería según sus héroes admirados, antepasados de familia, líderes de turno, artistas de la época, santos del día, y quizá como referencia de famosos, los futbolistas del momento. Así era el variopinto listado que me esperaba para ubicarme en este mundo como marca de fábrica. Al final, después de mucha polémica, uno de ellos resultó vencedor, y será el registro civil el que sellará mi presencia en este mundo, de producto controlado y admitido, identificándome de por vida, según los deseos de mi familia.

           Pero he aquí que mis familiares me llaman con el diminutivo de mi nombre, aduciendo cariño, o resonancia con otro nombre parecido; Hoy, no hay nombre que no tenga, desde el punto de vista gramatical, su propio apócope. Los nombres se van acortando cada vez más.  A Juan se le puede llamar Juanito, pero también Jua, y listo; a Lucía, Lucy, pero también Lu.

Luego llegará la etapa escolar, momento en el que, no sin picardía, mis compañeros deciden ponerme un apodo, identificándome así en el colegio: petiso, cabezón, flaco, gordo, casi siempre haciendo alusión a mi aspecto físico. Sigo creciendo y así mi nombre va sufriendo una metamorfosis con los diferentes nombres dados en mi casa, de mis vecinos, de mis compañeros de colegio; al llegar a la universidad, puede que mis compañeros acepten mi nombre o lo modifiquen según las circunstancias, cambiando también mi apodo; puede ocurrir que se les ocurra otro y, para rematar o finalizar, al obtener mi título me asignan un agregado a mi nombre, como doctor o licenciado.

          Establecido ya como elemento vivo y civil en mi registro ciudadano, adquiero un número que me identificará mejor que mi nombre en el ámbito nacional, para con ello obtener otro registro internacional, el pasaporte, y ser un ciudadano mundial.

         Ahora resulta que en mis cuentas bancarias, en mi correo electrónico digital, en mi cuentas en la web, en cursos en línea, suscripciones de periódicos o revistas, debo de poner mis contraseñas, no mi nombre, por lo que me transformo de tal manera, con tantas identidades, que hasta yo mismo me confundo: quién soy y dónde estoy. Será que he tenido muchas  vidas, me pregunto. Cuánta dificultad tendrán mis biógrafos, si merezco que haya alguno, para conseguir en una atarraya[1] de datos, todas las identidades obtenidas en el transcurso de mi vida.

 

 



[1] Red de pesca redonda que se usa para pescar en lugares de poca profundidad. Son utilizadas en México, Guatemala, El Salvador; Honduras, y Nicaragua.



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Napoleón Candray es médico graduado en la Universidad de El Salvador. Graduado como Cirujano Oftalmólogo en la Clínica Barraquer, en Barcelona, España. napoleoncandray@gmail.com