NUMERO 116 - noviembre

Cárcel y tuberculosis



Cuando escribí Una enfermedad romántica no ignoraba que quedaban afuera muchos personajes célebres, imposible de abarcar en un libro. Entre ellos, puedo contar hoy al poeta español Miguel Hernández, de quien supe la causa de su muerte muy recientemente a propósito de un homenaje que se le hizo en conmemoración de un nuevo aniversario de su nacimiento. Sí, el poeta murió en la cárcel víctima de la injusticia que acompañó a la enfermedad que ejerció un papel protagónico  en la vida de los hombres y las mujeres que vivieron en el siglo XIX y en las primeras décadas del siglo pasado; mi abuelo, también español, encontró la muerte por tuberculosis como Miguel Hernández y a la misma edad, con solo treinta y un años. Tengo ahora la certeza de que hubo muchos con el mismo destino que no pasaron por las páginas de mi libro. Eran tristemente todos muy jóvenes.

Hernández había nacido un 30 de octubre de 1910 en Orihuela, y murió un 28 de marzo de 1942 en la prisión de Alicante.  Fue contemporáneo y amigo de Federico García Lorca, quien siendo algo mayor, no corrió mejor suerte que Hernández; Rafael Alberti, Alexandre y Pablo Neruda fueron algunos de los grandes poetas con los que se relacionó en su período madrileño.

Decir que Miguel Hernández fue un poeta a secas, es faltar a la verdad, pues si hay algo que rebasó los límites de la poesía, pero siempre junto a ella, fue su militancia social y política, nada menor, pues signó su vida y también su muerte. El poeta se alistó como republicano en la Guerra civil española, ese despiadado producto de la dictadura franquista. Una vez terminada la guerra, regresó a su ciudad natal, a la campesina Orihuela, pero fue detenido y condenado primero, a muerte y, luego, se cambió su condena por la cadena perpetua.

No es mi intención escribir una biografía de Hernández de las que se puede encontrar de a muchas en internet. Solo algunos datos para recordarlo y rendirle aquí un homenaje. En 1937 se casó con Josefina Manresa en plena guerra civil, con quien tuvo dos hijos: el primero, a quien le dedicó el poema Hijo de la luz y de la sombra, murió a los pocos meses de nacer; al segundo, le dedicó desde la cárcel los Nanas de la cebolla, en respuesta a las carencias extremas que sufría su mujer y su pequeño hijo, situación que Josefina expresó en una carta, de  manera literal: solo podían comer pan y cebolla.

Su obra poética es vasta, pero también escribió teatro y numerosas cartas desde la cárcel. Una gran parte de la poesía de Hernández es conocida por nosotros, gracias a J. M. Serrat, quien las musicalizó. Me parece que la mejor manera de recordarlo es a través de su obra. Para la Libertad es una de esas poesías, que expresa con vehemencia los grandes anhelos del poeta.

 

 

Para la Libertad [1]


Para la libertad sangro, lucho y pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho. Dan espumas mis venas
y entro en los hospitales y entro en los algodones
como en las azucenas.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño,
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño
y aún tengo la vida.

[1] Para la Libertad fue musicalizada por Joan Manuel Serrat en 1972.

1

Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras. Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición. Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto. Correspondencia a: amaliapati2014@gmail.com