NUMERO 117 - marzo

Relato



Del mismo modo que la sequedad mata las raíces más resistentes, la pobreza acaba por destruir los sentimientos más puros. Cuando el estómago está vacío o el frío muerde la carne, suelen surgir el resentimiento, el odio, la envidia, la indiferencia, el deseo de venganza…

María no fue la excepción. Nacida en el seno de una familia rumana, instalada en la periferia de Roma, fue una víctima más de las injusticias sociales. Un padre alcohólico, una madre dispuesta a cualquier subterfugio para sobrevivir: hurtos, venta de droga, mendicidad. Arrastró a los cinco hijos por las calles de la delincuencia. María era la mayor. Llegada a la adolescencia, su cuerpo mostraba formas generosas y atractivas. Su madre, al descubrir el deseo en las miradas de los hombres que se  cruzaban con la muchacha, no vaciló en empujarla a la prostitución. A pesar de su repulsión, no pudo rebelarse a la brutal exigencia de sus padres. A los dieciocho años, su belleza provocaba la admiración de todos, la abundante  cabellera oscura, con rulos sedosos, formaba un marco perfecto a su tez de marfil. Ojos claros, casi transparentes, largas pestañas, y una boca carnosa como un fruto maduro. Había aprendido a moverse con sensualidad y a seleccionar los clientes según el aspecto, para no sentir asco.

Avanzaba en la vida sin proyectos; cada esperanza se vio frustrada con brutalidad; entonces, optó por mostrar indiferencia hacia todo y todos, hasta por aquel ser que crecía en su vientre. De padre desconocido, después del nacimiento el niño fue vendido según el plan de la madre. que sonreía contenta mientras guardaba el dinero en su pecho.

Cuando se llevaron al pequeño en aquel auto oscuro, María ni siquiera tuvo una mirada para él, pero desde aquel día se hundió más aún en la indiferencia. A los veinticinco años era de una belleza conmovedora, lo cual le permitía elegir clientes ricos y bien parecidos. Uno de ellos, Enrico, un cuarentón divorciado, sin hijos, rico propietario de una empresa reconocida. Desde el primer encuentro con la joven, quedó fascinado; le fue imposible olvidarla. Volvió a la cita y, desde aquel momento, su pasión creció como un fuego devorador, lo transformó en un ser ansioso, desconfiado, dependiente de aquella mujer a la que había apodado “la  bruja”.

            Al comienzo, los encuentros tenían lugar una vez por semana, luego dos, tres. Ella accedía y, siempre con la misma placidez, guardaba el dinero en su cartera. Enrico se deshacía en cumplidos, le susurraba palabras de amor, la cubría de besos apasionados y de regalos costosos, que María aceptaba con la habitual sonrisa entre burlona e ingenua. Pero, muy pronto, el hombre no soportó compartir su cuerpo con otros, la quería sólo para él. Se preguntaba  por qué había perdido así la cabeza por una puta, teniendo cientos de oportunidades de hallar mujeres bellas y honestas. Se juraba terminar con aquel tormento; no la vería más, haría un largo viaje para olvidarla, sin embargo, pocos minutos después, borraba la idea y se dejaba invadir por el deseo de poseer el cuerpo amado. Ya no sabía cómo demostrarle su amor para hacer desaparecer esa actitud distante y misteriosa de la joven. Eso, precisamente, lo enloquecía: ¡Mostrarse tan vulnerable ante alguien incapaz de amarlo!

Acabó por alquilarle un departamento, así tendría el dinero que necesitaba, pero debería serle absolutamente fiel. María aceptó, más por comodidad e indiferencia que por alguna otra razón. Era un departamento espacioso, amueblado con buen gusto. La llamaba varias veces por día, necesitaba saber si estaba, qué hacía. Sus celos fueron creciendo como una llama helada. Le propuso quedarse por las noches, pero ella buscó pretextos para disuadirlo; en realidad, comenzaba a fastidiarla aquel asedio, las manos recorriendo su cuerpo, las palabras de amor,  esa mirada boba de enamorado!

        Aquella noche, Enrico no pudo conciliar el sueño, la imaginaba recibiendo a otro, prodigándole besos ardientes, mientras para él reservaba aquellos labios casi frío y, de repente, sentía un dolor que subía del pecho hacia la garganta, jadeaba. Se levantó de un salto, sacó el auto y avanzó a toda velocidad hacia el edificio donde seguramente descubriría su infidelidad. Se detuvo, trató de serenarse. Hacía frío, en medio de la niebla azulada de la noche, se sentía desdichado, solo, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera aquella mujer. De pronto, comenzó a llover, lentamente, borroneando el contorno de los edificios, disolviendo las líneas de los escasos autos que pasaban. La soledad le pesaba como nunca, las dudas lo atenaceaban, la angustia aumentaba. “¿Cuándo acabará este tormento?”- se  preguntaba. Se sentía hundido en una situación sin salida.

Estaba a punto de bajar para ingresar al edificio, cuando vio a dos hombres tratando de abrir la puerta; el comportamiento era extraño, pero enceguecido por los celos, desechó que fuesen ladrones, sólo pensó que irían a un encuentro amoroso con ella. Observó cómo entraban  raudamente. Esperó unos minutos y se precipitó hacia el ascensor. ¡Estaba detenido en el tercer piso! ¡Sí, estaban con ella, lo traicionaba y con dos a la vez!  Oyó voces, la puerta estaba entreabierta. Lo que vio, le heló la sangre: uno de los jóvenes apuntaba a la mujer mientras el otro revolvía todo con una furia incontenible.

          Enrico empujó la puerta y gritó: -¡Salgan de ahí!-mientras fingía buscar el arma en el bolsillo del sobretodo. El que apuntaba a María se dio vuelta y le disparó al pecho y, casi al mismo tiempo, a la cabeza de la mujer. Luego pasaron sobre el cuerpo ensangrentado de Enrico y bajaron, imperturbables.

           Los medios anunciaron la trágica noticia. Durante una semana ocupó diarios y espacios televisivos. El asesino era un menor tóxico dependiente que había sido adoptado por una familia de clase media. Lo que la investigación no arrojó, fue que aquel menor era, precisamente, el hijo de María, vendido por su madre. Una verdadera jugada siniestra del destino. 

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Teresa G. Minhot Profesora de Francés; ex Prof. de francés del Instituto Superior Olga Cossettini Ex. Prof. de francés en Humanidades y Arte y Escuela de Música Prof. de Literatura francesa en la Alanza francesa de Rosario. Miembro de la Asociación argentina de Literatura francesa y francófona. 5º Premio Certamen Literario Nov. 2012 del "Grupo de Escritores Argentinos" médico Clínica-UNR.org