NUMERO 117 - marzo

Relato



        Disfruto de un soberbio desayuno en el ABC; me he procurado una mesa apartada para poder leer algo en mi tablet, mientras tomo mi café con leche con bollitos calientes y manteca. Es para mí casi un ritual, los días hábiles de la semana cumplo con esta cita que me permite entrar al día con la panza llena y el cerebro despierto. Esas son las dos mayores bendiciones a la que puede aspirar cualquier ser humano en esas primeras horas de la mañana. El ABC siempre está colmado; aun, este selectivo aislamiento se ve invadido por algunas voces, inoportunas noticias televisivas, ruidos de vajilla, chiflidos de vapor de la máquina del café. Nada de eso resulta incómodo, todo suma para el calor local, y aporta para esa tan plácida sensación de estar en casa.

        Mi atención, al no estar enfocada de manera excluyente, busca y rebusca datos interesantes para ella en el ambiente que me rodea. Sabido es que nuestro cerebro social se ha desarrollado sobre la base del chisme y la comidilla, bueno pues, se encuentra haciendo lo que mejor sabe hacer desde hace siglos: buscar información novedosa e interesante. Ya lo conozco y dejo que cumpla su cometido a piacere. ¡Qué rico está este bollito! Y sí, no nos está yendo bastante bien con el futbol, otra Copa América tirada a la basura.

“El tipo subía la escalera hasta el cuarto piso, ya había estado allí el día anterior. Si bien se cuidaba en extremo de hacer rechinar los escalones, la vieja escalera de madera daba testimonio sonoro de su desplazamiento. No, nadie lo ha visto. Viste con su abrigo largo de invierno, le produce mucho calor pero le permite disimular el hacha de filo reluciente que ha colocado bajo su axila izquierda. No sabés lo que sudaba ese tipo, tembloroso y pálido continuaba subiendo al departamento que ya conocía y que era su objetivo.”

          La voz viene de atrás. No me fijé bien, creo que al sentarme no había nadie, no me parece correcto mirar hacia atrás, por lo menos por el momento. Mi aparato sensorial sigue los dictados de mi atención. La conversación, ciertamente interrumpida y discontinua, ocupa el centro de mi conciencia. Sé que no es correcto escuchar conversaciones ajenas, pero… ésta me atrapa desde su inicio. ¡Che, después de todo esto no huele bien! Me reclino sobre el respaldo de la silla usando mi tablet como camuflaje, finjo estar absorto en la lectura de los vaivenes de la macroeconomía. En realidad, el tipo de cambio, la balanza de comercio exterior, el déficit fiscal, me tienen sin cuidado ahora. Sólo deseo saber qué pasa con ‘el tipo’.

“Golpea con sus nudillos e inmediatamente le abren la maciza puerta. Al ver la presencia de un hombre desconocido, la vieja quiere cerrarla, pero él se lo impide con un fuerte empujón. Está aterrado y, a la vez, decidido. La adrenalina que corre por su cuerpo debe ser máxima. Lo hace palidecer y, al mismo tiempo, acondiciona su corazón y todos sus músculos para el ataque.”

         Che, esto se pone pesado. Parece confirmarse que estamos ante el relato de un delito picante. ¿Y si estos fulanos de la mesa de atrás cometieron algún crimen, o fueron testigos de uno? ¿Qué es lo que corresponde hacer en ese caso? Me parece que lo más conveniente es dejar de escuchar o rajar. Sacarse ya el compromiso y el riesgo a una eventual complicidad.

“La usurera quedó paralizada, pero no soltó el pestillo, aunque poco faltó para que cayera de bruces. Después, viendo que la vieja permanecía obstinadamente en el umbral, para no dejarle el paso libre, él se fue derecho a ella. La vieja muerta de miedo no pudo pronunciar una sola palabra y se quedó mirando al joven con los ojos muy abiertos. Le traigo..., le traigo... una cosa para empeñar... Pero, entremos: quiero que la vea a la luz. Con ese pretexto se encaminó hacia adentro de la estancia. ¿Qué me traes? Una pitillera de plata. Ya le hablé de ella la última vez que estuve aquí. Pero, ¿qué te ocurre? Estás pálido, las manos le tiemblan. ¿Estás enfermo?”
“La vieja tomo el atadillo y comenzó a desatarlo, le resultaba imposible, un poco por las ataduras y un poco por el temblor de sus manos. Tanto la ocupaba esta tarea que por, un instante, se olvidó de él.
Sacó el hacha de debajo del abrigo, la levantó con las dos manos y, sin violencia, con un movimiento casi maquinal, la dejó caer sobre la cabeza de la vieja.”

         Esto es tenebroso, se está pasando de la raya. Es un crimen atroz contra una persona totalmente indefensa, una anciana sola en su departamento. Y aunque se pudiera defender es atroz, le partió la cabeza de un hachazo. ¿Es que debo permanecer impasible en este estado de cosas? Che, estoy asistiendo al relato de un crimen atroz, quizás a la mismísima confesión del hecho. Quizás es el diálogo entre el criminal y su abogado defensor. Quizás el diálogo entre el que cometió el crimen y el que hizo de campana, mientras el otro estaba arriba, en el cuarto piso. Tomo conciencia de que el que está pálido soy yo, que el que suda soy yo, que el que no sabe qué hacer soy yo. ¡Qué situación horrible, una es contarla y otra es vivirla! ¿Quién me manda a escuchar conversaciones ajenas? ¡Qué angustia carajo! ¿Qué hago?

“Le dio con todas sus fuerzas dos nuevos hachazos en el mismo sitio, y la sangre manó a borbotones, como de un recipiente que se hubiera volcado. Dejó el hacha en el suelo, junto al cadáver, y empezó a registrar, procurando no mancharse de sangre, el bolsillo derecho, aquel bolsillo de donde él había visto, en su última visita, que la vieja sacaba las llaves… Como había supuesto, una bolsita pendía del cuello de la vieja. También colgaban del cordón una medallita esmaltada y dos cruces, una de madera de ciprés y otra de cobre. La bolsita era de piel de camello; rezumaba grasa y estaba repleta de dinero… Pero cuando empezó a revolver los trozos de tela, debajo de la piel salió un reloj de oro. Entonces no dejó nada por mirar. Entre los retazos del fondo aparecieron joyas, objetos empeñados, sin duda, que no habían sido retirados todavía: pulseras, cadenas, pendientes, alfileres de corbata... Con manos temblorosas, juntó lo que pudo y sin seleccionar. Se encaminó hacia la puerta, para huir. En la habitación contigua, junto al cadáver estaba la hermana discapacitada de la occisa. Tenía en las manos un gran envoltorio, y contemplaba atónita el cadáver. Estaba pálida como una muerta y parecía no tener fuerzas para gritar. No atinó a hacer otra cosa…se abalanzó contra ella. El hacha cayó de pleno sobre el cráneo, hendió la parte superior del hueso frontal y casi llegó al occipucio.”

       Tiemblo de arriba a abajo. Nunca pensé ser testigo de una situación tan comprometida. La voz del relator se torna grave, opaca, en un volumen cada vez menor. Pienso que sin dudas está implicado de algún modo, quizás siente el peso atormentador de la culpa.

“Se arrojó sobre la puerta y echó el cerrojo. «Acabo de hacer otra tontería. Hay que huir, hay que huir...»”

        ¡No doy más!, me levanto de mi silla, y doy un giro decidido y amenazador. Me enfrento a ellos. De pronto los veo, dos individuos corrientes, jóvenes, que me miran sorprendidos y aterrorizados. Un energúmeno fuera de sí los enfrenta amenazante en un bar cualquiera a las ocho y media de la mañana.

       En ese momento, veo que el de la voz grave tiene abierto Crimen y Castigo, de F. Dostoievsky, en la página 173. Avergonzado, repito para mí aquellas palabras: “hice una tontería, debo huir, debo huir”.   

  

1

(*) Prof. Dr. Ricardo Teodoro Ricci • Médico Clínico • Especializado en Comunicación Humana y Sistemas Humanos • Titular interino de Antropología Médica (Grado) • Adjunto a cargo de Epistemología (Posgrado) Facultad de Medicina Universidad Nacional de Tucumán .