NUMERO 119 - julio

Homenaje



Bárbara Strozzi fue una ilustre compositora en la Serenissima del siglo XVII, quien a diferencia de otras mujeres cuyas obras aparecían publicadas bajo un pseudónimo masculino, utilizó su propio nombre desafiando un estatus cuasi inamovible. Nacida en Venecia en agosto de 1619 y bautizada en la iglesia de Santa Sofía, su certificado de nacimiento no proporciona información sobre la identidad de su padre, pero todo apunta a que se trataba de Giulio Strozzi. La madre, Isabella Garzoni, también conocida como "la greghetta", era una criada del Signore Strozzi, quien a la postre incorporó a Bárbara en su testamento bajo el nombre de Barbara Valle, como su hija adoptiva y única heredera, de sobrevivir a la Garzoni.  Abierta o solapadamente la familia existió.

Por fortuna, todos ellos salieron indemnes de la plaga que asoló a Venecia entre 1629 y 1631. Precisamente en este último año se celebró la Festa della Salute, donde la niña ya daba cuenta de una notable capacidad vocal. A raíz de ello, Giulio Strozzi tomó contacto con el gran Francesco Cavalli para la formación musical de la joven y, también, se las ingenió a fin de que pudiera incursionar en la Accademia degli Incogniti (Academia de las incógnitas), uno de los círculos intelectuales más prestigiosos de Europa, con gran iniciativa político-social, abocado a debatir cuestiones de literatura, ética, estética, religión y artes; siendo además los primeros defensores de la naciente ópera veneciana.

Apenas cumplidos los dieciséis años, Giulio dio a conocer las aptitudes artísticas de Bárbara y, tiempo después, específicamente en 1637, creó la Accademia degli Unisoni (Academia de los afines o de mentalidad similar), una subsidiaria de Incogniti, que prestó una gran acogida a los músicos del lugar. Unisoni, cuya base de operaciones era la propia residencia Strozzi, llegó a constituir el espacio de actuación de la joven Bárbara, lo que le permitió poner de manifiesto su talento vocal y musical. Para esos años, finalmente adopta el apellido paterno que preservaría hasta su partida de este mundo.

Bárbara era admirada por su intelecto, conocimiento e ingenio, y también presidía las reuniones, a punto de introducir los temas a discutirse durante la velada. A partir de un texto provisto por alguno de sus miembros, componía una música muy bien adaptada a la letra, y animaba las reuniones con una notable habilidad para la ejecución de sus piezas en forma de cantatas, arietas o arias. En 1638, la academia publicó un relato de las reuniones celebradas el año previo, bajo el título Le Veglie de' Signori Unisoni, donde se la menciona, por primera vez, como Barbara Strozzi. Su excepcional voz llevó a que el compositor Nicolò Fontei dedicara su primer volumen de Bizzarrie poetiche. aparecido en 1635, a esta virtuosissima cantatrice, lo que venía a ratificar la aseveración del escritor genovés Gian Vincenzo Imperiale, como una de las musas del parnaso.

Pero no todo fue un camino de rosas. Su rol de anfitriona en Unisoni derivó en la aparición de un manuscrito anónimo, probablemente escrito por un miembro de los Incogniti; el “encubierto” trazó un paralelo entre su talento musical con un comportamiento licencioso, dejando entrever que era una cortesana. Tal afirmación sirvió de disparador para otras críticas tan ácidas como desagradables, en un tono hasta casi calumniador. La idea predominante por esos tiempos, era que la intelectualidad estaba reservada a una mujer "impura".

Venecia denotaba una flagrante contradicción, puesto que las mujeres estaban completamente excluidas de la vida pública en virtud de la constitución, mientras que. por otro lado, el estado hacía gala de su tolerancia y justificación. Algunos historiadores han interpretado que un retrato de Bernardo Strozzi (un genovés sin lazos familiares), podía abonar esta suerte de doliente descalificación. El cuadro la representa sosteniendo un violín bajo, cuya forma imita la forma femenina, con un pecho descubierto, que  podría ser entendido como un sentido de maternidad, o bien de su temperamento artístico. Una joven muy atractiva, de cabello castaño oscuro y una mirada desafiante, incluso grave y directa. El original se halla en la Gemäldegalerie, en Dresde, bajo el título de Músico Femenino con Viola da Gamba.

Bárbara era una mujer emprendedora, bella, seductora e inalcanzable, que debe de haber abrumado a más de uno con algún deseo frustro de compartir su lecho. Su proceder más bien guardaba relación con el prototipo de la “cortesana honesta” instaurado por Verónica Franco; esto es, una mujer social e intelectualmente cultivada, sigilosa en el terreno de las relaciones amorosas, y dotada de una gran maestría para el manejo de su imagen pública, mediante la palabra y el canto. Esta poetisa del siglo XVI que, en su momento, había resaltado las ironías sexuales de la clase alta veneciana, terminó siendo acusada de brujería por la inquisición y sumida en serios problemas económicos. Podría decirse que quienes cuestionaran los estándares del republicanismo aristocrático debían atenerse a las consecuencias. A Bárbara no le debe de haber resultado sencillo sortear las trabas de aquella época, más aún teniendo en cuenta que durante unos cuantos años vivió en una suerte de concubinato.

Por fortuna, su derrotero musical fue in crescendo y, entre 1644 y 1664, publicó ocho colecciones de música, de las cuales una, el opus 4, ha desaparecido. En 1644, aparece su Primer libro de Madrigales, sobre textos de Giulio Strozzi, dedicado a Vittoria della Rovere, Gran Duquesa de Toscana. En su prefacio, aquella joven de veinticinco años da cuenta de los recelos del momento: "al ser una mujer, me preocupa publicar esta obra. Ojalá se encuentre a salvo bajo un roble dorado y no se vea amenazada por espadas calumniantes ya prestas a la batalla en mi contra". Las aprensiones no eran infundadas; se trataba de un período durante el cual muchos miembros de los Incogniti arremetieron contra mujeres; en la redada también cayó la religiosa Archangela Tarabotti (una escritora muy defensora de todas ellas, y versada en ciencias políticas). Este primer trabajo parece haber sido un intento consciente de Bárbara y Giulio de incurrir en el debate desde lo artístico, y preservar posición.

En su segunda obra de 1651, bastante desapercibida por entonces, menciona a su maestro Francesco Cavalli, y la dedica a Fernando III de Austria y a Eleonora de Mantua, con motivo del matrimonio entre ambos. En 1655, aparece su única colección de motetes sagrados, Sacri musicali affetti, vinculada a la idea de la caridad cristiana, y dedicada a Anna de Medici, archiduquesa de Innsbruck, quien era muy afecta a este tipo de composiciones.

Tiempo después, sobrevinieron otras piezas: la de 1657, destinada a Francesco Caraffa, príncipe de Belvedere y pariente del nuncio papal en Venecia, como así también la dedicada a Nicolò Sagredo (1659), el único veneciano honrado en las obras de Strozzi. Sagredo ocupó uno de los cargos gubernamentales más importantes en Venecia, el de procurador de San Marco, y fue elegido dux en 1675. También escribió composiciones para la duquesa Sofía de Brunswick y Lüneburg. Los archivos de los Gonzaga revelan que Strozzi consagró asimismo un libro de canciones (1665), ahora perdido, a Carlo II, por entonces, duque de Mantua. Se sabe de otras obras inéditas en forma de manuscritos, preservadas en colecciones privadas en Italia, Alemania e Inglaterra.

Los siete volúmenes sobrevivientes de sus obras, contienen varias docenas de piezas. En cada una de ellas se vuelve cada vez más expresiva y se requieren mayores niveles de habilidad técnica para ejecutarlos. En el texto, de “Moralità Amorosa” (Opus 3), describía a las mujeres en su astucia para que los hombres las desearan a través del maquillaje y el vestido. Fue a causa de músicas como ésta que sus composiciones fueron prohibidas en distintos ámbitos y, no pocas veces, excluidas de los programas de conciertos, incluso hasta hace unos pocos años.

Como fuera anticipado, durante la década de 1640, Bárbara habría sido la concubina de un noble veneciano catorce años mayor que ella, el conde Giovanni Paolo Vidman, a quien Giulio Strozzi dedicara dos libretos de ópera. La conexión de Strozzi con los Vidman se remonta, al menos, a unos diez años antes. Los Vidman eran una familia adinerada, entroncada con los Augsburgo; habían emigrado a Venecia desde la región de Carintia, ubicada al noreste de la República Véneta, en lo que ahora pertenece a Austria. En su testamento del 14 de enero de 1638, Giulio Strozzi especificó que, si Bárbara o su madre deseaban vender el retrato que le había sido pintado por Bernardo Strozzi a Giovanni Paolo Vidman, le correspondía la prioridad para comprarlo. Existen datos sobre una serie de transacciones financieras entre ella y Vidman. Al parecer, Bárbara habría otorgado un préstamo a ser pagado después de la muerte del noble, con un interés cercano al diez por ciento, lo que podría haber garantizado una suerte de apoyo para ella y sus hijos, producido el deceso de Giovanni Paolo, en 1648. Alguna documentación disponible, da una cuenta aproximada del nacimiento de los cuatro hijos: Giulio Pietro en 1641, Isabella al año siguiente, Laura alrededor de 1644 y Massimo en 1651 (este último se convirtió en monje). En una carta escrita después de la muerte de Bárbara, se informa que había sido violada por este aristócrata, pero otros suponen que en realidad era una forma de poner a resguardo su reputación.

Al momento de morir el conde, los tres primeros hijos de Bárbara, eran pequeños; y los miembros de la familia Vidman, entre ellos el mismo Giovanni Paolo, habían dejado dinero a los niños en sus testamentos. Laura entró en el convento en julio de 1656, junto con su hermana mayor, Isabella y, llamativamente, la dote espiritual, que alcanzaba a dos mil ducados, fue pagada por la viuda de Giovanni Paolo, quien sostuvo estar actuando por “mera caridad”. Pietas aparte, el difunto debe de haber sido el padre de ambas niñas y, obviamente, el primogénito.

Laura Strozzi se convirtió en la Hermana Lodovica Strozzi y, más tarde, en 1672, cambió su apellido por el de Vidman; mientras que Isabella, murió seis meses después de haber ingresado, a la edad de quince años, tras una enfermedad de algunos meses. La vida en el convento ponía a las niñas a salvaguarda del ridículo de la indignidad, y del probable riesgo de convertirse en prostitutas, a la par de contar con la posibilidad de abocarse a actividades artísticas e intelectuales.

Si bien la república de Venecia había comenzado a presionar a los hombres en concubinato para que se casaran con las mujeres o les buscaran un marido, por lo general se hacía la vista gorda a quienes incumplían, siempre y cuando los niños estuvieran adecuadamente cuidados. Giovanni Paolo encajaba en esta tipología, pero ya estaba desposado, y Bárbara tuvo que enfrentar la situación, estigmatizaciones incluidas.

Un escrito, fechado en diciembre de 1651, da cuenta de las dificultades que atravesaban  por esa época. Durante seis años, Venecia había librado una lucha contra los Otomanos por el control de la isla de Creta (Candia), guerra que continuaría durante veinte años más, y finalmente perdería. El estado necesitaba recaudar dinero a toda costa. Bárbara no podía hacer frente a un impuesto, por lo que decide dirigirse al gobierno en términos dignos de ser reproducidos, para tener una idea más cabal de su talante:

 

Desde el momento en que este benignísimo país sucumbió al tormento de la guerra, incluso yo Barbara Strozzi, la más humilde servidora de su alteza serenísima, ha lamentado sus adversidades. Como mi condición no me permitía contribuir con mi sangre reuní todas mis pertenencias, las vendí y deposité el dinero en la Casa de la Moneda, absolutamente convencida de que la calamidad pública se convertiría en la calamidad de la fortuna privada. Creía que el haber llegado con ese sacrificio voluntario al límite de mis recursos, jamás me vería obligada a hacer lo imposible. Sin embargo, de pronto recibí una orden de los excelentísimos gobernadores de la hacienda pública para que pagara a la Casa de la Moneda dos impuestos de 100 ducados cada uno. Tales cargas se me impusieron cuando me encontraba lejos de la ciudad,  por lo tanto no pude hacerme oír. Estoy convencida de que si los excelentísimos recaudadores de impuestos hubieron reflexionado lo bastante sobre el hecho de que tengo a mi cargo cuatro hijos y a mi anciana madre, y hubieran pensado en mi pobre condición, jamás se habría producido semejante apremio. Tal como se observa con claridad en los registros públicos no tengo propiedad alguna en los inventarios de tributos a la propiedad, y Dios es testigo  de que si no fuera por los escasos intereses que me ofrece la Casa de la Moneda tendría que mendigar mi sustento a almas caritativas. Me postro ante su excelencia para implorarle que no permita la destrucción de una casa que no puede pagar lo que se le exige, por haber consagrado a la nación todo cuanto tenía. Le imploro que se apiade de las miserias de una familia numerosa y me conceda un perdón para hacer llegar mis argumentos hasta un tribunal y para que, incluso, alguien como yo pueda lograr ese alivio caritativo que en este serenísimo estado nunca se ha negado a las lágrimas de la pobreza.

 

            La condonación de la deuda se produjo tres años después. A pesar de ser la única heredera de Giulio, la muerte de su padre, en 1652, tampoco descomprimió la situación, y ello quizás puede haberla impulsado a publicar varios libros en rápida sucesión que, de alguna manera, confirieron cierto alivio para las dificultades financieras. Sólo el mayor de sus hijos tuvo los recursos suficientes para acceder a la vida veneciana.

No existen muchos más datos sobre la vida de la Strozzi. Para mayo de 1677 seguía viviendo en Venecia, pero, por alguna razón desconocida, viajó a Padua un tiempo después. Allí, tras una enfermedad no prolongada, murió el 11 de noviembre de 1677, a la edad de cincuenta y ocho años. El Archivo Estatal Paduano señala que habría estado enferma alrededor de un mes, siendo asistida por el excelentísimo Dr. Marchetti; mientras que los escritos de la Parroquia de Santa Lucia hablan de una dolencia de meses, abatida por un repentino “accidente” (que puede interpretarse como apoplejía o ataque) y su sepultura en Eremitani.

Se dice que Bárbara Strozzi fue la compositora más prolífica de la música vocal secular y quizás la creadora de las cantatas en aquella Venecia de mediados del siglo XVII, dicho sea de paso, una ciudad de 140000 habitantes y con 16 teatros. La mayor parte de su trabajo fue escrito para voz femenina con acompañamiento. De alguna manera su obra evoca el espíritu de Cavalli, heredero de Monteverdi, pero su estilo es más lírico, posiblemente debido a la influencia de su padre poeta, encargado del armado de los textos en sus primeras piezas. Posteriormente, se valió de poemas redactados por amigos de Giulio; en algunos casos, ella misma se ocupó del contenido, y en otros utilizó textos del poeta Marino muy apropiados para lo que deseaba expresar. A diferencia de Francesco Cavalli, no tuvo la oportunidad de trabajar en el nuevo género operístico, floreciente en Venecia, pues estaba fundamentalmente reservado a los hombres. Esta proscripción para “jugar en primera”, no consiguió mellar su legado cultural; finalmente, hoy ocupa el lugar que siempre mereció, atento a sus cualidades como persona e igualmente musicales.

 

… ¡Y a ti qué decirte Bárbara! Pues, que mucho lamento el precio que habrás pagado por desafiar estándares saturados de prejuicios y arbitrariedades. En un tiempo donde tanto se habla de mundos paralelos y agujeros negros, espero que tu ser habite en una morada donde no haya espacio para la doble moral, las hipocresías y otras tantísimas lacras de la estupidez humana que por acá siguen gozando de buena salud.

Un abrazo sideral.

  

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(*)Oscar Bottasso es investigador Superior del Consejo de Investigaciones de la UNR, Investigador Superior de CONICET (Carrera del Inv. Clínico); Profesor Asociado del Área Instrumental Metodología de la Investigación Científica de la Carrera de Medicina y Director del Instituto de Inmunología Clínica Y Experimental (UNR- CONICET) Facultad de Ciencias Médicas, Universidad Nacional de Rosario.