NUMERO 119 - julio

La negligencia humana en tiempos de pandemia





 En Bergamo, famosa por ser tierra natal del famoso compositor de ópera, Gaetano Donizzetti (1797-1848) y del "papa bueno", Juan XXIII (1958-1963), la localidad de Sotto il Monte, se volvió una ciudad símbolo de muerte, de peste. La nueva Wuhan.”[1]

 

       ¡Qué lamentable es decirlo!: Wuhan es un lugar remotísimo, como decíamos cuando éramos niños, ‘está en la China’. Lo que ocurre en Wuhan parece, sólo parece, que es totalmente ajeno a nosotros; sucede en las antípodas, en otros contextos culturales, en lugares atestados de gentes que se alimentan con cualquier cosa, cuyos hábitos de higiene y de salud pública son dudosos, deficitarios.

       Ése es nuestro preconcepto, me dice Carlo Gianotti, mi amigo de Brescia, una encantadora ciudad de la Lombardía conocida como la Leonessa d'Italia, según el apelativo atribuido a Giosuè Carducci, el conocido poeta y escritor italiano.

        “Hoy en día, Wuhan está a la vuelta de la esquina”. Aquello que consideramos exótico y remoto, forma hoy parte de nuestro barrio global. Por supuesto, coincido con Carlo, pero que una epidemia ocurra en Wuhan tiende a no inquietarnos demasiado; en cambio, que suceda en Bergamo (Italia) es como que ya se encuentra tocando el timbre de nuestra casa.

       Carlo lo sabe mejor que nosotros, mucho mejor; su casa se halla a unos cuantos kilómetros de Bergamo, “la città maledetta”. Carlo es periodista, trabaja en una radioemisora local, y se encuentra aterrorizado como la mayoría de los habitantes de la Lombardía. Tanto él como su pequeña familia, se hallan forzosamente aislados al extremo de no poder sacar la nariz a la calle. Como sus vecinos, están racionando los alimentos y tomando todos los recaudos contra ‘la peste’. La COVID 19, denominado vulgarmente Coronavirus, está asolando el norte de Italia y se ha ensañado, por decirlo de alguna manera, con Bérgamo y su gente. Carlo sabe que a quince o veinte minutos de su casa se halla el infierno. Bérgamo, vaya a saber por qué vuelta del destino, por qué colección de conductas irresponsables de sus habitantes, o por qué deficiencia en los sistemas de salud, se ha transformado en la Wuhan de Europa. A la puerta misma de casa.

         La ciudad está situada sobre el mismo suelo que ocupase la romana Bergomum, un municipio construido por los romanos, que fue arrasado por el mismísimo Atila durante el siglo V. Tiempo después, y tras su reconstrucción, entre los siglos XIII y XV, la zona estuvo bajo el control de Milán y, posteriormente, sería tributaria de Venecia. Luego, tras el periodo de ocupación por parte de las tropas de Napoleón, pasó a manos de Austria y, a partir del 1859, de nuevo formó parte de Italia, cuando Garibaldi la libera y la incorpora a la nueva organización italiana.

 

La epidemia de 1628 fue favorecida por la estupidez humana, expresada a través de la torpeza y corrupción de las autoridades y de la ceguera médica. En primer lugar, había guerra; en segundo, y como consecuencia, hambruna y migración a las ciudades. La guerra tenía -¿nos molestaremos en decirlo?- causas tan fútiles como siempre y respondían a la ambición de algunos figurones.[1]

 

        ¿Acaso los humanos estamos destinados a tropezar con las mismas piedras y por idénticos motivos? No me cabe ninguna duda de que la respuesta es un rutilante Sí. La negligencia humana, que siempre se encuentra presente, de vez en cuando logra constituirse en una masa crítica de causalidades, y la negligencia es la que aprieta el gatillo de la catástrofe. No me animo a hablar de culpas, tampoco de responsabilidades, pero que los humanos somos así, lo somos.

      Es decir, Bérgamo, sabe de dominaciones, de destrucciones, de esclavitudes, de invasiones, de patrones sucesivos. Una ciudad orgullosa de sí misma, cerrada y parte importante del motor de Italia, la Lombardía. Esa ciudad, es hoy en día, la mártir de la COVID 19, un extraño invasor, un impiadoso invasor oriental, más letal que el mismísimo Atila.

En Bergamo y provincia, donde vive un millón de personas, en siete días hubo 385 muertos: 55 por día, uno cada media hora. Allí, las morgues están saturadas, los ataúdes se apilan en las iglesias porque no hay espacio, los crematorios trabajan sin descanso y se cuentan páginas y páginas de avisos fúnebres en las paredes y en los diarios locales.”[1]


Los hospitales no tienen camas para atender; por esa razón se instalaron carpas al aire libre en la zonas campestres para atender a los pacientes y dar cobertura de manera de evitar los contagios”[2]

 

      Mientras que en el resto de Italia intentan exorcizar al monstruo mediante cantos y demostraciones de fraternidad, desde los balcones, Bérgamo no logra romper el silencio de sus calles, no es un silencio de miedo ni de tristeza, es el silencio de la muerte.


 

 

[2] Ledermann, W. “Peste en Milán”; Rev. chil. infectol. v.20  supl.notashist; Santiago:  2003

Testimonio de una Abogada tucumana que está haciendo una Maestría en Derecho de Migraciones en Bérgamo, Italia.




 






1

(*) Prof. Dr. Ricardo Teodoro Ricci • Médico Clínico • Especializado en Comunicación Humana y Sistemas Humanos • Titular interino de Antropología Médica (Grado) • Adjunto a cargo de Epistemología (Posgrado) Facultad de Medicina Universidad Nacional de Tucumán .