NUMERO 119 - julio

Relato


Mariana se había casado a la edad de diecinueve años con un hombre  de cuarenta; su madre no veía con buenos ojos dicho matrimonio, pero el padre se mostraba orgulloso dado que Conrado ocupaba un puesto envidiable en una empresa de gran prestigio.

-No le faltará nada-decía con satisfacción. Su propia experiencia de vida, en aquellos años de grandes dificultades económicas, le hacía pensar que el bienestar económico bastaba para superar otros obstáculos.

Conrado era divorciado. Tenía un hijo que vivía muy lejos con su madre y, quizás, por las distancias se veían una vez al año. Cuando Mariana lo conoció, era un quinceañero desgarbado, con una cara poco agraciada, que el acné afeaba aún más. Desde entonces, nunca más lo vio.

Una mañana, la joven mujer estaba podando un rosal, cuando una voz,  muy cerca, la sobresaltó. No reconoció en aquel joven de buen aspecto, al adolescente poco agraciado del pasado. Como mostraba desconfianza, él le tendió la mano y dijo:

-Soy Pablo, el hijo de Conrado.

Mariana, sorprendida por semejante  cambio, respondió:

-¡Como has cambiado! ¡Estás hecho un hombre! Y enseguida se reprochó semejante lugar común. Lo observó con curiosidad, tenía ante sí a un muchacho de cabellos negros y piel muy clara, con ojos oscuros que la escrutaban con una intensidad que provocaba cierta inquietud.

Se estrecharon la mano y entraron al living donde el padre estaba leyendo el diario. El estupor del hombre no fue inferior al de su mujer. Ella los miraba tratando de hallar algún parecido entre ellos,  pero evidentemente no tenían nada en común.

Charlaron durante casi una hora; luego, Mariana lo condujo a la habitación de huéspedes, donde Pablo dejó el bolso, al parecer muy pesado  por el esfuerzo del muchacho.

La cena trascurrió lenta, como si los motivos de conversación ya se hubieran agotado.

Al día siguiente, Pablo se levantó temprano; mientras desayunaba pidió a Mariana la dirección de la biblioteca más cercana. Era la tercera vez que visitaba Buenos Aires, sin embargo, él aseguraba que se las arreglaría solo.

La joven abrió la ventana de la habitación, dispuesta a hacer la cama. Desde las sábanas, la alcanzó el olor particular de aquel cuerpo musculoso que revelaba la fuerza de su carácter. Sobre la mesa de luz  había un libro abierto: leyó las frases subrayadas: No hablamos ni con rigor ni con filosofía cuando hablamos de una lucha entre la pasión y la razón. La razón es y debe ser esclava de las pasiones y no puede reivindicar en ningún caso, una función distinta de aquella destinada a servirlas y a  obedecerles.

Era una cita de David Hume; allí decía todo lo contrario de cuanto le habían enseñado. Aquel razonamiento se abría camino en su mente poco habituada a pensar con cierto rigor. Releyó dos veces más las frases. Entonces…la pasión ¿no era el fardo ominoso del cual una mujer debe mantenerse alejada? La pasión siempre despierta los fantasmas del deseo impuro - se decía, tratando de convencerse.

Recordó que su marido, en los primeros tiempos, la poseía con verdadera pasión, sin embargo, ella se avergonzaba de responderle con fogosidad. Su educación en una escuela religiosa, la época, le cerraban las puertas a toda expresión libre del deseo carnal. Luego, la rutina apagó el ardor del esposo y ella se sintió más cómoda en su nueva vida.

Aquella noche, las palabras del libro volvieron a girar en su mente. De pronto se dijo: “Soy una mutilada, no conozco el verdadero amor, los prejuicios ahogaron en mi los reclamos de mi cuerpo. Pero, ¿qué sabe Pablo de la pasión? ¡Sólo tiene dieciocho años!

Repasaba sus gestos, sus miradas, algunas de sus palabras. Tuvo la certeza de que un ardor especial encendía el cuerpo del muchacho.

Después del almuerzo, Conrado fue a su trabajo. Pablo propuso a Mariana dar un paseo por los bosques de Palermo. Fue una larga caminata, hablaron sin cesar como viejos amigos, reían por cualquier cosa, felices. Volvieron poco antes de la cena. La joven experimentaba una languidez que atribuía al cansancio; sin embargo, al ver a su marido, sintió que la realidad se le desmoronaba encima, con su carga de responsabilidades. El hombre, que siempre se hallaba frente al hijo en una situación embarazosa y no encontraba temas para conversar, se alegró al saber que ambos se entendían tan bien.

Los paseos se repitieron durante los días sucesivos. La primavera hinchaba los brotes; el sol esparcía flechas de luz, y el aire tibio enrojecía las mejillas; el corazón de Mariana latía con ritmo intenso. De pronto, Pablo tomó su mano y la apretó con fuerza. Se miraron, los labios entreabiertos mostraban su sed de besos. La memoria encendió las palabras subrayadas y el cuerpo, el fuego de la pasión. Se detuvieron en un sendero, como si una voz interior lo hubiera ordenado, las miradas sustituyeron las palabras. Se besaron; en ese instante, no había lugar en ellos para ningún prejuicio pues la pasión, libre, desafiaba a las cadenas de la razón. 

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Teresa G. Minhot Profesora de Francés; ex Prof. de francés del Instituto Superior Olga Cossettini Ex. Prof. de francés en Humanidades y Arte y Escuela de Música Prof. de Literatura francesa en la Alanza francesa de Rosario. Miembro de la Asociación argentina de Literatura francesa y francófona. 5º Premio Certamen Literario Nov. 2012 del "Grupo de Escritores Argentinos" médico Clínica-UNR.org