NUMERO 119 - julio

Pandemia

 

           

          Las enfermedades nuevas, desconocidas en su momento, han dado lugar, a través del tiempo, a una historia sociocultural de las mismas que, a su vez, ha modificado la historia de la medicina, la historia de la salud pública y, como ocurrió en el caso de la tuberculosis en el siglo XIX, y otras tantas como la peste y la fiebre amarilla, pasaron a tener un lugar en la historia de la humanidad y en la literatura. Se desconoce su origen, carecen de un tratamiento efectivo y, por ende, producen una mortalidad elevada a escala planetaria. De esa historia socio cultural, sobre la que ha escrito no pocas páginas el reconocido Diego Armus, y de esas enfermedades, nacieron metáforas de una enorme creatividad, a veces polémicas bajo a la acusación de que la ficción podía haber retardado la búsqueda de una curación definitiva para ellas. El tiempo demostró que no es así. Hoy la tuberculosis no admite las metáforas del pasado y se cura definitivamente gracias a los descubrimientos científicos; el cáncer, sobre el que se han edificado espantosas metáforas, como el castigo divino, no ha encontrado una curación definitiva excepto prevenirlo; el VIH y su consecuencia más funesta, el SIDA, la enfermedad “rosa”, prácticamente un castigo a los homosexuales y a la sexualidad libre, encontró, otra vez de mano de la ciencia, la posibilidad de una vida normal tal como otras enfermedades crónicas y quizás en mejores condiciones. 

No es casual que vuelva a un tema que despertó mi interés en otros momentos. Hoy, me pregunto si es posible conjeturar una metáfora sobre la aparición de la COVID 19 y no puedo menos que aceptar que la nueva pandemia ya tiene sus significados dispuestos a restarle “el peso agobiador” a la metáfora que soportaron el cáncer y la tuberculosis.

        Lo hizo el VIH a fines del siglo pasado, un virus misterioso. La primera pandemia que, como médicos, vivimos desde adentro, en estrecho contacto con los enfermos; transitamos perplejos experiencias amargas, porque cada paciente era un libro abierto de toda la medicina interna y nosotros estábamos a la intemperie viendo, casi como observadores, cómo aparecían las complicaciones, una detrás de otra, y como morían jóvenes, inexorablemente. Alguien supo decir entonces que con el VIH aprendimos que la creencia en la supuesta conquista de las enfermedades infecciosas fue “una utopía sin destino”. Metáfora de conductas “aberrantes” fueron en auxilio de las voces condenatorias de la homosexualidad y algunos hasta adjudicaron la enfermedad a una suerte de castigo. Por fortuna, fueron los menos y duraron poco.

Por este camino, el coronavirus también tendrá su metáfora. Se presta: era desconocido, vino de lejos y se difundió por el mundo entero; mata sin que sepamos qué hacer para combatirlo, ningún tratamiento ha dado resultados satisfactorios, se discrepa en cuanto a su origen: ¿un salto zoonótico? o ¿una manipulación de laboratorio?  No obstante, si comparamos aquél momento histórico en el que la tuberculosis era la causa número uno de muerte en el mundo, cuando los médicos más conspicuos apostaban a la herencia y a las pasiones tristes como causa de la enfermedad, dando lugar a la metáfora contra la que  Susan Sontag esgrimió su fuerte condena, y que para mí significó un extraordinario entrecruzamiento entre la medicina y la cultura, no podría hoy encontrar una metáfora semejante. En aquella época, los usos metafóricos de la tuberculosis tuvieron una enorme repercusión, no solo literaria sino también social, a lo que contribuyeron las teorías científicas y el discurso médico que, aun siendo heterogéneo, forjó en gran medida la mentalidad de la sociedad decimonónica.

La tisis, como ninguna otra enfermedad, dio lugar a un fenómeno estético sin precedentes. Cartas, diarios, biografías de escritores, poetas y artistas, se suman a las ficciones literarias. Los usos metafóricos de la enfermedad tuvieron lugar no solo en Europa sino también en América Latina. Nadie fue inmune al fenómeno estético, ni siquiera el tango. Eran jóvenes, distinguidos, espirituales, poseedores de la belleza de la consunción: figuras lánguidas,delgadez extrema, palidez, y junto a los atributos físicos, una imaginación desbordada, superioridad intelectual, sufrimiento, pasiones frustradas. Nada parecido al blanco preferido de la Covid 19: ancianos y personas con alguna alteración previa de la inmunidad y otras enfermedades muy comunes a los que compromete rápida y agresivamente, provocando muchas veces la muerte.

Circulan los discursos más variados; algunos reproducen los que circularon en ocasión de otras pandemias. El cambio más notable es la enorme posibilidad, a través de los medios y de las numerosas redes, de opinar acerca de un virus que poco saben aún los expertos en el tema. Por mi parte, y parafraseando a Paco Maglio, me pronuncio a favor de la solidaridad como la única opción aunque no sea la mejor. Y hoy el discurso de la solidaridad es muy fuerte, es políticamente muy fuerte. En contraposición, hay un rebrote de ese otro discurso que parecía aletargado, pero que está siempre dispuesto a resucitar y que no es otra cosa que su contracara. Me refiero al discurso de la individualidad.  Por un lado, se oyen aplausos nocturnos al personal sanitario y, por el otro, el discurso anónimo, amenazante y discriminatorio contra ellos mismos. Las fobias al contagio y la falta de sensibilidad que se manifiesta en estos mensajes, no son nuevos; siempre hay sectores de la sociedad que reaccionan contra el otro, ante la aparición de una nueva enfermedad. Va cambiando el blanco al que se dirigen. Así, cuando se supo con certeza que la tuberculosis era una enfermedad contagiosa, se declaró la “guerra contra el bacilo”, que tuvo como discursos más fuertes las condiciones de vida y las “conductas inmorales”, que se denunciaban como las causas sociales de la tuberculosis. El alcoholismo y las enfermedades venéreas contribuían a diseminar la enfermedad. Cambia la direccionalidad, pero siempre la narrativa apunta a encontrar responsables. En esta pandemia se da una situación muy particular: no hay pobres responsables del tráfico del virus, hay trabajadores de la salud. Y muy pocas voces contra los viajeros que transportaron el virus.

Las teorías conspirativas a las que somos muy afectos, fueron unas de las primeras voces en hacerse oír, y todavía circulan como una de las teorías probables de origen del coronavirus. La primera noticia vino de Wuhan, en China. De ella surgió que el virus provendría de la manipulación de ciertas especies animales, en un mercado de mariscos, y de allí saltó al humano. Otros sostienen que el virus emergió de la manipulación en un laboratorio, para invadir luego el mundo entero; la primera parecería ser la más plausible para los científicos.

           Veo pocas coincidencias entre aquella pandemia del siglo XIX y ésta que hoy estamos transitando.  Es cierto que ambas tienen como órgano blanco, en principio, los pulmones. Sin embargo, la enfermedad del espacio aéreo, transparente, de la parte noble del cuerpo, perdió su encanto y su romanticismo con el descubrimiento del bacilo de Koch, en 1882, momento en que se devela su contagiosidad.  En ciertos círculos, había quedado muy atrás la sangre roja y rutilante en el pañuelo que seguía a los accesos de tos y la falta de aire de Margarita Gautier, la cortesana más bella de la literatura, quien pagó con el sufrimiento y la muerte su vida de pecadora. Estas imágenes que se repitieron en las biografías y diarios íntimos, muchas veces presagiaban la muerte por una hemorragia masiva. Este aspecto de la enfermedad pulmonar por excelencia, pasó a ser para la burguesía en ascenso, la imagen del pobre, sucio, que frecuenta cabarets, y escupe en las calles de París.

Hoy, el coronavirus, proveniente de una cultura diferente, que un presidente ha catalogado como el “virus chino”, con la carga ideológica que conlleva esa expresión, que  trabajan hacinados manipulando animales salvajes que portan virus desconocidos para el hombre, que comen carnes crudas y que trafican estos animales, bajo el poder de un gobierno dictatorial; un virus que han transportado viajeros muchas veces ávidos del exotismo de esas culturas y que, como si fuera poco, invade, para usar una metáfora militar conocida, los pulmones viejos y enfermos cuando no encuentra barreras, sitios impuros, poco tiene que ver con la transparencia que se les adjudicó en el pasado.

Las medidas sanitarias que se han tomado no son espectaculares. Algunas deben perdurar. Lo espectacular, en el sentido más literal del término, es la forma y la incesante repetición en los medios, que convierten la enfermedad en espectáculo. Las enfermedades contagiosas siempre originan temores y terrores que los medios y las redes, hoy incentivan con su insistencia. Y también negaciones. Y, no menos, enconadas luchas ideológicas.

Cuando se desvaneció la metáfora de la tuberculosis en el mundo, se implementaron una serie de medidas higiénicas, barreras, cordones sanitarios, declaración obligatoria de casos, dispensarios antituberculosos destinados a los pobres, que tenían  por función aislar a los posibles contagiados del entorno; lo peor y más discutido, fueron los “tuberculosarios”, bajo la premisa de que si el tuberculoso seguía circulando, seguiría diseminando el bacilo a través de la tos. “¡Spitting that is the enemy!”, era la consigna. Afirmaban que un solo trabajador podía contaminar un incalculable número de compañeros y también a sus jefes. Lo cierto, y lo irónico, es que la tuberculosis no era tan contagiosa como se creía. Hoy sabemos que los más expuestos son los que tienen un contacto más estrecho: los convivientes de primero y segundo grado. Recuerdo que, en 1993, cuando la tuberculosis ya había emergido en los Estados Unidos, de la mano del VIH, se reabrió en Nueva York, una vieja sala de un hospital en la isla Roosevelt, donde se internaba por la fuerza a aquellos pacientes tuberculosos que, de manera reiterada, no completaran el tratamiento; se trataba en su mayoría de extranjeros pobres.

El coronavirus tiene una contagiosidad muy alta que ya ha sido detallada con precisión por los expertos, que explica la mayoría de las medidas que han sido tomadas por el ministerio de salud. En mi descripción de las medidas sanitarias que se tomaron para combatir la tuberculosis pareciera que hay coincidencias con las actuales; esto tiene que ver con la pregunta de si “hay una memoria de lo padecido por la civilización para sobrellevar otras pandemias”. Sin dudas que la hay. Hoy, en el mundo, también se aísla a los enfermos, incluso en el seno de su propia familia, con el único fin de evitar la diseminación del virus. Nuestro ministerio de salud no ha hecho ninguna discriminación entre jóvenes y viejos; más aún, ha insistido, de manera permanente, con la protección de las personas mayores y de aquellos que padecen enfermedades previas, que los hacen más vulnerables.. Los únicos aislados de manera preventiva son los viajeros que portaron el virus hacia nuestras costas.

Lo que parece estar registrado en la memoria de las sociedades, es que el Estado es el que se hace cargo de las situaciones críticas. Y las pandemias lo son. Por fortuna, aun con todos los atisbos previos de destrucción de la salud pública y de la ciencia, el Estado no titubeó en tomar las riendas para enfrentar esta situación extraordinaria.

          Entre las protestas que se han escuchado en estos meses, están las económicas, las puramente ideológicas y aquellas que han querido ver en el aislamiento una subestimación de la salud mental, como si fuera posible separarla de la física. Creo que en la actualidad  nadie admite este binarismo. Son artificios de nuestra propia mente. El modelo médico hegemónico, al que algunos todavía aluden, ha quedado muy atrás. A todos nos perturba la idea de no poder movernos con libertad. Nuestras reacciones dependen en parte de nuestra personalidad y, en parte, de cuál era nuestro estado mental previo a una catástrofe, que sobreviene sin darnos tiempo para prepararnos. Se han explicado desde el ministerio de salud hasta el cansancio las razones por las cuales nos tenemos que aislar por un tiempo prudencial. Otros países han optado por seguir adelante con una vida normal y los resultados han sido dramáticos. Creo que muchos de los sentimientos que nos produce el aislamiento obligatorio, que se manifiestan en críticas a las medidas, tienen que ver probablemente con la sensación de que nos están imponiendo una forma de vida. Por sentirnos reclusos obedientes.

Llama la atención que el sector de la sociedad que esgrime oposiciones y reclamos por el “encierro”, es precisamente el que tiene más oportunidades y recursos para paliar el aislamiento, mayores comodidades y acceso a las comunicaciones virtuales y, en este sentido, y respondiendo al planteo de la menor preocupación por la salud mental, es el sector que tiene acceso a entrevistas psicoterapéuticas online. Se hace mucho hincapié en los niños que viven encerrados con sus padres, sin sus pares, sin la plaza y los juegos en la calle. Estoy más que segura que, excepto para los niños que tienen algún problema especial como los niños autistas, y ni hablar de los niños sometidos a violencia de cualquier tipo, esta situación que no se va a prolongar eternamente, no va a generar una neurosis postraumática como si estuviéramos en guerra. Puede ser, en cambio, muy traumático para el niño que pierde a uno de sus abuelos en la pandemia, y ni qué decir del  que convive con su mamá o su papá aislado en el hogar o, incluso, en el hospital porque así lo requiere.

 En este aspecto, destaco la voluntad de un grupo de psicoterapeutas de nuestra ciudad, que han ofrecido su atención virtual, gratuita, para todos los trabajadores de la salud que estén en la primera línea de atención en estas circunstancias. Me parece imperativo, puesto que viven momentos de angustia en la lucha diaria por los enfermos y por el temor al contagio a sus familiares.

            Va a ser interesante ver cómo sigue la vida después de esta pandemia global, que no empieza ni termina en el murciélago. No es la primera enfermedad viral que se origina en una especie no humana, pero tampoco será la última si no se cambian las condiciones de producción del capitalismo a escala global. Tal como dijo Silvia Ribeiro, no solo habría que cuestionar las causas sino también cambiarlas. “Y cambiarlas cuestiona las bases mismas del sistema capitalista”. Y de la globalización. Las últimas reacciones de las que han participado neoliberales de todo el mundo, dan cuenta de la preocupación que tienen porque ven que se les resquebraja el sistema. Es deseable un cambio urgente a nivel mundial. Creo que se está dando el contexto histórico para un nuevo resurgimiento del Estado de bienestar. Es un tema que se huele en el aire, que ya ha despertado a los opositores, pero se lo dejo a los politólogos porque no es mi especialidad.

         Con respecto a “nosotros”, me parece que  hasta que haya disponible una vacuna o, en su defecto, un tratamiento efectivo, las relaciones sociales van a estar acotadas al núcleo familiar y a los amigos más cercanos. Es una de las secuelas más dolorosas de este estado de cosas. Acostumbrados a las reuniones y a los festejos, a los bares y los restaurantes, hoy hemos tenido que dejar aun los más cercanos. Quizás para otras culturas estas pérdidas no tengan el mismo valor. Cuando me refiero a nosotros, me pregunto cómo redefinir el abrazo, las manifestaciones de afecto tan acendradas. ¿Será otra forma de sufrimiento y de discriminación?

        Me han preguntado por qué no nos abocamos a crear un cuerpo saludable que resista los embates de un virus desconocido; no hay tiempo en esta situación abrumadora en la que hay que tomar medidas concretas día a día. En tiempos “normales”, las dificultades y los fracasos para que la población tenga una vida más saludable, son más numerosos que los éxitos. Sin ser nosotros mismos, los médicos, ejemplares, lo intentamos. Es un tema muy complejo abordar conductas que ya sabemos que son nocivas y que culturalmente están internalizadas. Hoy, cada adulto, si tiene las condiciones básicas de vida digna, debería hacerse cargo de proteger su propio cuerpo y el de los que lo rodean. En condiciones "normales", ¿qué porcentaje de la población de riesgo se vacuna contra la influenza?, ¿qué ha pasado con los antivacunas y la reemergencia de enfermedades transmisibles que eran historia?, ¿qué porcentaje de personas usa preservativos para evitar enfermedades de transmisión sexual?, ¿cuántas personas conocen su presión arterial, su colesterol y su glicemia?, ¿cuántos años tarda un fumador en abandonar el hábito tabáquico? Y a veces nunca lo abandona. Son solo  ejemplos demostrativos de que el momento es siempre. 

1

Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras. Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición. Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto. Correspondencia a: amaliapati2014@gmail.com