NUMERO 119 - julio

Hoy más que nunca, René Favaloro


Como un maldito presagio, las tres mil tarjetas que la Fundación Favaloro había hecho imprimir como parte de una campaña antitabaco en el año 2000, llevaban una imagen profética: un revólver con balas de cigarrillo. Fue uno de los últimos motivos que aprobó René antes de pegarse un tiro.

La noticia del suicidio de René  Favaloro,  hizo temblar los estandartes de una sociedad que habló más de lo que hizo para evitar la muerte de unos de los médicos más prestigiosos que tuvo la Argentina. Pero, a una década de su desaparición corpórea, la pregunta aun tiene vigencia: ¿se hubiese podido evitar su inmolación?. Una duda de esta naturaleza lleva consigo, como un apotegma hermético, una respuesta dualista, pero esclarecedora. Un suicidio, con características rituales(1), tal vez sea ineludible y, por lo general, pueden ser variados los motivos que lo provocan. Pero un autosacrificio, donde una de las circunstancias que lo causaron fue tan visible que desnudó un sinnúmero de sinrazones en el seno de una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado, la repuesta se empantana con la misma tenacidad: “hay responsables que llevaron al doctor a tomar tamaña decisión”. Sin embargo, cuando en 2004 se propuso, desde el gobierno, fijar una fecha conmemorativa para recordar el natalicio de Favaloro, unos doscientos médicos desaprobaron la decisión presidencial aludiendo que “más allá de sus méritos técnicos e incuestionable calidad profesional, el doctor Favaloro dedicó toda su práctica profesional a la actividad en instituciones privadas, cuya principal finalidad (de acuerdo a las reglas del juego) es la rentabilidad económica, y nunca invirtió sus esfuerzos en el sistema público de salud”.  Un argumento, por supuesto, inverosímil para quien conocía, como pocos, qué tan profundo era el agujero de la corrupción estatal y el  inerte rostro de la burocracia pública. No obstante eso, aquellos médicos disidentes agregan un argumento más para el debate, discusión que también exhibe un distorsionado espejo, en el cual la sociedad se mira. Como lo explican los psicólogos expertos en suicidio: 


En las dos teorías que circulan en torno del suicidio de Favaloro, su sacrificio aparece idealizado. Para una, el médico es el hombre que ofrendó su vida para denunciar la crisis que atraviesa el país, la otra teoría es que prefirió ofrendar su vida antes que entregar su fundación a una corporación. Ambas interpretaciones desconocen el suicidio como un acto de debilidad, y lo convierten en un acto ideal, en un sacrificio que le muestra al mundo lo mal que está la Argentina.(2) 


Otro tanto agrega otro profesional:  

La gente no puede concebir la desesperación de Favaloro, cuando lo colocó más allá de lo humano. Una persona a la cual se idealiza, se la eleva por lo sobrehumano y, entonces, resulta difícil poder explicar por qué alguien tan íntegro se suicidó. A quien se engrandece no se le permite una actitud tan humana. Si bien es cierto que el suicidio puede tener a veces un efecto de culpa, no necesariamente debe ocurrir eso. (3)

           

            Las razones que lo terminaron de demoler se debieron también al silencio, no sólo de las autoridades gubernamentales, las empresariales y mediáticas, que jamás contestaron sus reclamos, sino al listado de gente que el día lunes, cuarenta y ocho horas después de aquel sábado negro, debía comunicarle el despido. “Prefiero desaparecer”, declaró, como una de las tantas “balas” que le arrojó a aquella maquinaria perversa que le terminó devorando la esperanza de salvar su institución. A ese régimen financiero que lo obligaba a incorporarse al sistema de retorno de las obras sociales y que tanto lo encolerizaba.

            Cuando el juez que entiende en la causa, liberó las cartas que René Favaloro había escrito antes de suicidarse, las aguas comenzaron a correr menos turbias. Allí, se dejaban aclarados algunos de los motivos por los cuales, horas después de programar su casamiento con Diana Truden (René tenía guardadas en la mesita de luz las alianzas de oro que había comprado),  Favaloro se mataba de un tiro en el corazón, frente al espejo de su baño, un tórrido sábado de junio de 2000. En uno de esos patéticos textos, René le confesaba a su pareja:

Diana: ha llegado el momento de la gran decisión… Tú no eres culpable de nada… Mis proyectos se han hecho pedazos. No puedo cambiar los principios que siempre me acompañaron. Creo que la Fundación se derrumba. No podría aguantar como testigo lo que construí, con tanta fuerza, ahora su destrucción. Estoy cansado de luchar y luchar. Remando contra la corriente en un país que está corrompido hasta el tuétano. Tú eres testigo de mi sufrimiento diario. …


          Según los psicólogos, la imperfecta sintaxis de esa carta es propia de un hombre desesperado. Quiérase o no, ni siquiera una nueva relación con una mujer cuarenta y seis años menor que él, pudo evitar la catástrofe. La importancia de este vínculo afectivo es que se trató de una verdadera pasión, a través de la cual, según palabras de René, conoció el verdadero amor. “Nunca podrás imaginar cuánto te he amado. Nunca tuve nada igual. No se puede comparar con nada semejante de mi pasado. Tu has sido mi grande y verdadero amor”. Claro que la misma fuerza de la relación, en algún lugar de su mente, se volvió en contra suya. “Siempre me sentí un poco culpable. Nunca debí permitir que nuestro amor llegara tan lejos”. Ni bien comenzó su vínculo con Diana, a René (quien tenía entonces setenta y siete años) empezó a perseguirlo el fantasma de su edad. “No puedo vivir sin esta relación, pero tampoco te puedo sacrificar”, le confesó a su futura esposa. ¿Se refería a la imposibilidad de darle un hijo o a otras cuestiones de alcoba? Sin embargo, el pedido de sus sobrinos de extraerle al cuerpo de René material genético respondió al hecho de prevenir futuros reclamos filiales, dado que, en algún momento, trascendió la noticia sobre el posible embarazo de Diana Truden, hipótesis que se diluyó con el correr de los días. Lo curioso de esta historia es que, según testimonios de su novia, en enero de 2000, René le había manifestado su deseo de suicidarse. “Estaba muy deprimido por la situación de la Fundación que, según él, no tenía arreglo”, le confesó al magistrado su novia. De todos modos, conviene tratar de definir aquí, qué significó para el doctor aquella sociedad que, como un hijo suyo, llevaba su apellido y que fue, sin lugar a dudas, el motivo más evidente que lo llevó a quitarse la vida.

            A mediados de la década del ´70, Favaloro había creado, en Buenos Aires, un centro de cirugía torácica y cardiovascular, fiel reflejo de la Cleveland Clinic - en aquel momento la médula espinal de la cirugía torácica mundial, y en donde René desarrolló el bypass aortocoronario-.  Al tiempo, a esa iniciativa le adosó un centro de investigación y docencia. Pero, la consagración definitiva llegó cuando, en 1980, su equipo realizó, en el Sanatorio Güemes, el primer trasplante cardíaco del país y, más tarde, el primer transplante cardiopulmonar. Durante varios años, Favaloro financió con sus propios recursos la mayor parte de los gastos que le demandaba sostener su institución. Mucho se ha dicho sobre la forma en que el doctor conducía las finanzas de la entidad, y de las veces que operó a sus pacientes sin cobrarles un centavo. Pero poco, o nada, se ha pensado en por qué René llegó a sentir su proyecto como una prolongación de su propio cuerpo, acaso una extensión de su Ser. Esa voluntad de convertir la vida en un sistema de ejecuciones prácticas como un absoluto, cuyo costo, para sostenerlo, fue su propia vida, y en donde muchas veces se juega con los límites de la angustia – y que en este caso partió de una absoluta omnipotencia suya– ha cumplido un papel fundamental en el destino de su experiencia vital. Su fundación (acaso una metáfora de su cuerpo) ya era una especie de intemperie (desde hacía un año un comité de crisis trabajaba en la sede), y la desolación de un lugar que no era de nadie. Le habían aconsejado dar un paso al costado para estudiar la posibilidad de fusionar su organismo con el Estado, lo que nunca sucedió, pero tal vez esta posibilidad lo haya terminado de destrozar. Mientras un día antes de la tragedia, sus colaboradores se habían encontrado con un René sereno y optimista (en el mes de noviembre iba a recibir en Europa un premio), nadie podía imaginar que en lo profundo de su mente algo se estaba derrumbando. Y, sin embargó, algo se había derrumbado para siempre. Es que su voz (las cartas a la prensa) ya había revelado su urgencia, los estertores de sus últimas horas.

            Y fue en las columnas de esos mismos medios, referidas a Favaloro, en las que –veinticuatro horas después- aparecía, en varias oportunidades, la palabra “vanidad”.  Pensar en términos de orgullo es reflexionar con expresiones de salón, de inmediatez mediática (valga la redundancia). ¿Orgullo de querer dejar un apellido imborrable? ¿Pedantería de no querer escuchar alternativas para salvar su fundación? Ni todo eso es vanidad, sino terror a la nada. Favaloro tuvo pánico a la ausencia de su creación, a la desaparición de su “criatura”, en expresiones de “hijo”. Y no hay nada más humano que el terror a la nada (en términos sartreanos). Dejar una obra perdurable es tener sed de eternidad. Perdurar, tan siquiera a través de un ideal plasmado en una institución temporal, es poseer hambre de inmortalidad. Sólo así se puede entender cuando se habla de dejar una obra perdurable. Los que arrebatan la vida con pasión piensan así. Guste o no nos guste. El triunfo de la creación humana (una imitación terrena de Dios) es burlar a la muerte. Aunque luchar contra ella (lo que hizo toda su vida Favaloro) es también convocarla.

            ¿Cuál es la frontera de un hombre?, ¿cómo se pone a prueba su valor? (Las preguntas son de Abelardo Castillo y valen para este caso). El escritor dice que, en última instancia, lo que alguien es capaz de defender con sus ideales, sólo se pone a prueba con el compromiso de su cuerpo. Así lo entendió René G. Favaloro, aquel día en que empuñó el revólver y se lo hundió en el pecho, como un bisturí que debía extirparle el órgano que más le dolía. El resto de la historia de su vida es conocida. No toda la verdad (algo siempre imposible).


(1) Nota del autor: Tres meses antes de su muerte, Favaloro hizo el trámite para obtener el permiso de portación del revólver que usó para quitarse la vida. Varios días antes, compró los sobres y empezó a redactar las siete cartas que dejaría en sobres lacrados y con la leyenda “Reservado”. Para la Justicia no fue “un acto repentino ni producto de un estado de ánimo momentáneo”. El sábado, después de las 16, Favaloro se disparó un balazo en el corazón, en el baño de su departamento, en Palermo Chico. Antes, escribió una última nota, que dejó pegada en el espejo. Allí indicaba en qué lugares de la vivienda estaban las siete cartas y otros sobres con dinero.
(2) Sergio Rodríguez, Convertirlo en sacrificio, Página 12. 

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Guillermo F. Marín es Licenciado en Periodismo Profesor en Letras y Ciencias de la Comunicación Corrector y Crítico Literario Columnista y corrector de la Revista Conexión Abierta y Diario Cultura para la Salud, U.A.I Secretario Técnico de la Facultad de Medicina. UAI ________________________________________