NUMERO 120 - setiembre

Relato



El teléfono sonó repetidas veces en el living. Elena lo oía sin moverse. Mario miraba casi con desesperación el celular sin carga. Desde su oficina, había avisado a  Elena que llegaría más tarde debido a un problema surgido en la empresa. Al salir, cerca de las veintitrés, bajo una lluvia batiente, intentó llamarla nuevamente, pero comprobó que su celular estaba descargado.

Avanzaba con dificultad; la luz desdibujada de los faros mostraba una ruta que se disolvía. De pronto, delante, la larga fila de vehículos detenida. Un camión volcado sobre la ruta impedía la circulación, imposible saber cuánto tiempo estaría  interrumpido el tránsito.

Las imágenes se tornaban cada vez más borrosas. Las cuerdas de la lluvia castigaban como latigazos el parabrisas; dentro del auto, el ruido lo ensordecía. A pocos kilómetros había una cabina de peaje, intentaría llamar a su mujer para tranquilizarla. Su malhumor crecía, había tenido un día infernal, lleno de contratiempos; ansiaba llegar a su casa, abrazar a Elena y tomarse un whisky, olvidándose del trabajo y encontrar, por fin, esos momentos de intimidad que lo aislaban del mundo. Lo que le pareció un simple chubasco, se fue transformando  en un diluvio.

           Luego de tres horas de espera, la larga fila comenzó a moverse a paso de tortuga. Miró su reloj, las 3.15. Bajó ansioso por comunicarse con su mujer, pero sólo le respondió el sonido apagado del teléfono, llamando y llamando. Para colmo, ella se había negado a tener un celular, por capricho o por ir en contra de la corriente. Siguió insistiendo varias veces con el llamado, pero no obtuvo respuesta. ¿Cómo era posible? ¿Tan pesado era su sueño? Aquel silencio aumentó su irritación. Lo excluía y evidenciaba indiferencia. No barajó otras posibilidades: un desperfecto telefónico por el temporal, Elena en casa de sus padres sin poder regresar, el sueño que la había vencido después de esperar horas y el ruido del agua apagando el timbre del aparato…

Por fin divisó las luces de la ciudad. Su exasperación crecía. Entró en la cochera del edificio; los truenos retumbaban entre las paredes apenas iluminadas. Mientras el ascensor subía, pensaba que encontraría a su mujer esperándolo, angustiada y, tras un instante de  perplejidad, se echaría en sus brazos. Abrió la puerta, la oscuridad lo paralizó. Encendió la luz, llamó a su mujer. Sólo le respondió el silencio. Corrió hacia el dormitorio, también a oscuras; al alumbrar, vio a Elena sentada en la cama, con los cabellos revueltos manchados de sangre, la mirada perdida. La sacudió preguntándole que le había sucedido, pero ella no hizo el más mínimo movimiento, miraba un punto fijo, ausente. Observó la habitación: la cama con las sábanas y la frazada arrancadas, la lámpara rota junto a un libro, al pie de la mesa de luz… los cajones desparramados por el piso.

La abrazó con fuerza, la cubrió con una manta, estaba helada. Siguió preguntado con desesperación:

 -¿Qué pasó amor? Contestame, qué pasó? Estoy aquí, no tengas miedo, ya pasó todo. Contame por favor!

         No obtuvo ninguna reacción. La mirada apagada en su rostro inmóvil, lo espantó. Corrió a llamar a la emergencia sanitaria, luego a la policía. No cabía ninguna duda: la habían agredido durante el robo. La mantuvo apretada contra su pecho, mientras esperaba el arribo de la ambulancia. Policía y asistencia llegaron casi juntas.

            El tiempo transcurrido frente a la sala, fue eterno para Mario. Su cabeza ya no podía razonar, todo giraba en una oscuridad espesa en la que sus pensamientos se diluían. La voz de un médico resonó como un estruendo; se levantó de golpe, aturdido.

Su mujer se hallaba en estado de shock. Le habían efectuado las curaciones necesarias y realizado algunos estudios; luego, le habían suministrado sedantes que la harían dormir algunas horas.

Debido a su ausencia, Mario no pudo responder a las preguntas del médico ni a las de la policía sobre los hechos acontecidos en su departamento.

Al día siguiente, entró en la sala donde se hallaba Elena, sentía que su corazón se ahogaría con su propia sangre, intentó sonreír. Su sonrisa se borró de inmediato pues ella no recordaba nada y, peor aún: ¡no lo reconocía! El médico le explicó que el golpe recibido en la cabeza, la conmoción emocional vivida por la violación, habían provocado la amnesia. Mario apretó los puños y se puso a llorar.

        Transcurrió una semana de consultas, exámenes y estudios. Los especialistas coincidieron en que la amnesia podía durar días o meses o, tal vez más, era imposible determinarlo.

Elena se instaló en casa de sus padres. El agresor ya había sido arrestado. El tiempo se arrastró lento, convirtiéndose en semanas, meses. La mujer fue recuperando buena parte de su memoria, pero no lograba reconocer a su marido. Cuando él se presentaba, cada día, para saber cómo estaba, ella lo miraba con espanto y retraía todo su cuerpo. “Sin dudas, la violación provoca un recuerdo traumático que envuelve a los hombres, entre los cuales está usted, su propio marido”- le explicaron. Le aconsejaron paciencia, espaciar las visitas, esperar. Así lo hizo Mario, pero la reacción de su mujer era siempre la misma; al temor siguió una actitud indiferente, que lo situaba en el lugar de un desconocido. Los suegros le aconsejaron que la dejara permanecer con ellos hasta la cura completa.

Sus visitas se fueron espaciando, también los llamados. Luego de un año de espera frustrante, prefirió el silencio y la ausencia.

Lo que el hombre no supo jamás es que su mujer había recuperado la memoria unos meses después del ataque sufrido, recordaba perfectamente su vida junto a Mario, pero con la memoria no había retornado el amor; su indiferencia crecía con el paso del tiempo. Su amor había muerto, como si la amnesia hubiese golpeado definitivamente a su corazón.

 

 

   

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Teresa G. Minhot Profesora de Francés; ex Prof. de francés del Instituto Superior Olga Cossettini Ex. Prof. de francés en Humanidades y Arte y Escuela de Música Prof. de Literatura francesa en la Alanza francesa de Rosario. Miembro de la Asociación argentina de Literatura francesa y francófona. 5º Premio Certamen Literario Nov. 2012 del "Grupo de Escritores Argentinos" médico Clínica-UNR.org