NUMERO 120 - setiembre

Sociedad



                                      “Ama, y haz lo que quieras”

                                                  San Agustín

Cuando el odontólogo Barreda salió en libertad, me preguntaba frente a imágenes irreconciliables con los principios más elementales de la convivencia social, ¿ qué nos pasa a los humanos? Voy a citarme textualmente, entonces:

 

 

Quizás el título haga pensar que hablo de un presente perfecto, de un tema que sólo tiene vigencia en la actualidad; sin embargo, no es nada nuevo; hace tiempo que constatamos cómo asesinos monstruosos terminan siendo héroes. Barreda, el odontólogo Barreda, hoy en libertad condicional  (no sé bien que significa para el Derecho Penal esa palabra y, mucho menos, cuáles son sus alcances) es saludado, en sus paseos por las calles de Buenos Aires, como un héroe. Y que me desmientan las imágenes que ilustran este breve artículo: en una de ellas, un hombre le da la mano a manera de recibimiento a su nueva vida; en la otra, una mujer embarazada lo saluda con una amplia sonrisa. En la primera, lo que más llama la atención es la cara de incredulidad de Barreda !!!  Claro, ni él puede creer que, después de haberse cargado sobre sus espaldas a cuatro mujeres, dos de ellas ligadas por el mayor de los vínculos que pueda existir, el más profundo, el de padre / madre e hijos, se ha convertido en un personaje admirado cual si fuera un benefactor de la humanidad. Un parricida festejado por el público, dejando de lado a las otras dos mujeres a las que lo unió el azar de la vida.

        

    


          Es cierto que Barreda ya pasó 
a la Historia de los asesinos más conspicuos. Con el tiempo en libertad, no hizo otra cosa que demostrar quién era: un verdadero psicópata. Por cierto, y esto es lo grave, no fue el primer asesino homenajeado ni será el último. No me olvido del “Vas a salir Carlitos”, “Fuerza campeón”, mientras subían a Monzón al coche policial que lo llevaría a la cárcel por haber asesinado nada más ni nada menos que a la madre de su hijo. Son sólo ejemplos de las conductas sociales que, llamativamente, discriminan a la hora de juzgar a un criminal. ¿Qué discriminan? Fama, posición social, color de piel y, cuando se trata de mujeres, la forma de vestirse de la víctima, por ejemplo.

A pesar de tantos  ejemplos desafortunados, nunca perdemos la esperanza de que la sociedad mejore porque de nosotros mismos depende nuestro bienestar general.

Me he preguntado también quiénes son las personas que en la calle o  en las redes actualmente, festejan al  grito de ¡héroe! a un asesino aberrante. Porque este comentario no significa que todos los humanos respondamos del mismo modo a la violencia y la brutalidad manifiesta. En este enfoque me separo del nosotros del "¿qué nos pasa?", para referirme en adelante, al ¿qué les pasa a ellos?

A pesar de  las esperanzas de que se trate de individualidades muy puntuales, de que son pocos los que festejan la violencia, hoy vemos que ha ido en aumento, y que también se han agregado formas de violencia cargadas de una disposición solo comparable a la que pueden tener los animales salvajes cuando compiten y luchan por la subsistencia. Una parte de la sociedad participa de la violencia.

Sí. Se han puesto de moda los linchamientos;  un ladrón de poca monta. inmovilizado por una cobarde patota que inmoviliza y golpea a quien se convierte en víctima, muchas veces hasta provocarle la muerte; otras, provocando lesiones de tal magnitud que el linchado termina hospitalizado donde también encuentra la muerte. Y ya no es excepcional. Ocurre a diario. Las víctimas de actos de salvajismo semejantes, son generalmente hombres jóvenes, muchos de ellos adolescentes, morochos, pobres. Nada de esto los disculpa. Quiero destacar que es el odio encendido contra alguien que roba; es un delincuente y, por supuesto, debe de ser juzgado y detenido. A quienes nos moviliza el salvajismo de los adalides de la justicia por mano propia y colectiva, nos acusan de que defendemos a los delincuentes. Nada de eso es cierto. Es que la muerte de un ser humano que excede la propia defensa, convierte a los que la ejercen en seres tan incapaces de vivir en sociedad como el propio delincuente. ¿O quizás, más incapaces?

¿Cuál es la educación que se le proporciona a nuestros hijos con conductas semejantes? Podría ser  ésta: a las patadas mataron entre varios a Fernando Báez.

En la primera ocasión en que escribí sobre la “conducta humana”, me interrogué acerca de ciertas cuestiones preocupantes; me preguntaba si estas personas "casi humanas" son las mismas que piden bajar la edad de imputabilidad de los menores que cometen delitos graves, las mismas que le dicen no al aborto por considerarlo un asesinato de una “persona por nacer”, las mismas que hacen cadenas de oraciones por todo; si fuera así, se trataría de una gran contradicción puesto que “No matar” es uno de los preceptos de la iglesia católica y evangélica; si no me equivoco ellos pregonan que lo que dios ha creado sólo dios puede destruirlo, refiriéndose a los embriones. Y, entonces, si la vida de un futuro niño no debe de ser tronchada por decisión de alguien distinto a dios, si un delincuente, cada vez más joven, debe de pagar con la cárcel y, si fuera posible, con cadena perpetua, los delitos cometidos, si a diario se escucha que piden que vuelva la pena de muerte, ¿cómo es que el corazón se les expande por ver a Barreda en libertad? ¿Cómo es que son capaces de dar muerte a otro, perseguirlo y aun matarlo por la espalda? A esos seres que no nos gustan porque delinquen, también los creó Dios.

¿No habrá otras razones para ensañarse con unos, vivos, con sus propias manos o sus propias armas, y pretender ser tan humanos y generosos con “personas por nacer”, a las que hoy llaman "niños" para darle más peso a sus deseos y sus prohibiciones, mientras el delincuente que robó una cartera hace muy poco tiempo que salió de la niñez?

Tal vez, como dice algún filósofo, han interpretado la cita de San Agustín que consta como epígrafe, de manera dogmática: ustedes que aman a Dios, son libres para cualquier acción, “haz lo que quieras”, aun cuando esa acción sea la contradicción más abyecta que se pueda ejercer. No dice acaso el tango, y lo repiten muchos feminicidas; “la maté porque la amaba”. Y, entonces, como era mía, podía hacer con ella lo que quería.


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Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras. Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición. Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto. Correspondencia a: amaliapati2014@gmail.com