Año 1

Nº 11

Diciembre 2007  
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El hígado como símbolo de la regeneración en el universo mental azteca
Por  German Fregolent  (*)
 


Mictlantecuhli, “señor de los muertos”, descansando en su morada.


Escultura del dios en arcilla, estuco y pintura (c. 1480). Museo del Templo Mayor, ciudad de México. En ella se puede percibir claramente el prominente hígado emergiendo de su abdomen

 
 
 

Constituye un presupuesto bastante difundido, aun hoy en día, pensar a las culturas indígenas americanas en términos de “atraso” o “barbarie”, por oposición al concepto de “civilización” aplicado a la cultura occidental. Aunque los estudios científicos acerca de estas sociedades nos demuestran que son fuertemente ricas en su organización social, política, económica y cultural, existe un exacerbado etnocentrismo que obtura el acceso al conocimiento de estos pueblos. Y por qué no pensar, también, que fueron avanzados, con los medios disponibles, en el campo de la biología. En este pequeño artículo, nos referiremos al conocimiento de la cultura azteca (y mesoamericana) sobre un órgano vital del ser humano: el hígado. Dicho órgano comparte, junto a unos escasos privilegiados, la capacidad de regenerar sus células. Y lo hace mediante un mecanismo que lo caracteriza y, a la vez, distingue de otros órganos con dicha facultad (médula, huesos, piel). La regeneración hepática no depende de un grupo de células germinales (stem cells), sino que se produce por regeneración de células maduras remanentes. Además, es sorprendente la velocidad con que transcurre el proceso: en un experimento reciente realizado en ratas se comprobó la regeneración total del tejido hepático en solo una semana (Science 1997; 276:60-66).

 

El sentido acerca de la idea de muerte constituyó una inquietud constante para la sociedad azteca. Sin duda es un tema que preocupó (y preocupa) al ser humano como especie, pero en esta sociedad se expresa de manera característica en pictografías, poemas, cuentos, relatos. La simbología sobre la muerte es compleja y rica. Nos interesa particularmente aquí, en primer lugar, esbozar una pequeña reseña acerca de los diversos destinos post mortem asignados al ser humano en esta cultura en los que incide, de manera determinante, el motivo del deceso. Excepto en el caso de los pequeños niños (su destino se encuentra sesgado por la edad), para los demás se presenta una especie de clasificación de los tipos de muerte. El motivo del fallecimiento indica el camino hacia alguno de los lugares divinos en los cuales pululará la persona fallecida.

Podemos distinguir, entonces, cuatro especies de muerte: los que mueren sacrificados, los que mueren de parto, los ahogados, y los que mueren de cualquier otra forma.

En el primer grupo, se encuentran los hombres que perecen en la guerra o acaban sus días terrenales sobre la piedra de sacrificios, quienes reciben el cargo (y el honor) de acompañar (“abriéndole el camino”) al Sol (tonathiu) en su periplo diario, desde el levante al cenit durante un período simbólico de cuatro años. Destino divino y cósmico a la vez.

 En el segundo, están las mujeres que fallecen en el parto (mociuaquetzque) y  relevan a los guerreros a mitad de camino. Acompañan a Tonathiu desde el cenit hasta el poniente. En ambos casos, dichos destinos contribuyen a ayudar al Sol a librar, victorioso, su lucha contra las fuerzas de la oscuridad. Al cabo de dicho período, regresan a la Tierra transformados en colibríes o mariposas para libar las flores.

Los sujetos que mueren ahogados, por su parte, van al Tlalocan, “paraíso” de Tlaloc, dios de las lluvias y de la fertilidad; relacionado con el agua mora en el este. En el espacio simbólico, a este punto cardinal le corresponde la exuberancia vegetal y animal, la riqueza, la abundancia.

Los demás, es decir las personas fallecidas de vejez, de muerte natural, por enfermedades, sin importar su extracción social, edad o sexo, van a residir al Mictlan. He aquí el lugar que interesa verdaderamente al espíritu de este artículo. Los cronistas españoles lo bautizaron como “infierno”, pero tal designación, teñida de connotaciones cristianas, no refleja su verdadero sentido. En el universo simbólico azteca se interpretaba como “lugar de los muertos”, y estaba relacionado con el punto cardinal norte. Para los nahuas del siglo XVI, el Mictlan era un lugar yermo, espacioso y sumamente oscuro, un "sitio sin orificios para la salida del humo"; también es definido como un temible lugar de tormentos, pestilente, en el que se bebe pus y se comen abrojos. Se encontraba ubicado en la región del inframundo del espacio simbólico y constaba de 9 pisos; en el último, moraba una pareja de dioses, los “amos” del Mictlan: Mictlantecuhtli (“señor del Mictlan”) y Mictlancihuatl (“señora del Mictlan”). El dios distaba de constituir la única deidad asociada con la muerte pero, sin duda, revestía vital importancia. Su imagen esquelética o semidescarnada no se presenta como un símbolo privativo de los aztecas, ya que se encontraba plenamente difundida en concepciones artísticas de otros antiguos pueblos mesoamericanos, entre ellos Teotihuacan y los Mayas. Para arribar al Mictlan los difuntos debían afrontar un arduo camino subterráneo, una especie de peregrinación minada de obstáculos. El viaje duraba cuatro años y cuando arribaban al final, una última travesía se iluminaba ante sus ojos: un río muy ancho (icac atl patlaoac) que no podían recorrer solos. Es por eso que, junto al muerto, se acostumbraba  sacrificar un pequeño perro amarillo que en el momento indicado lo ayudaba a alcanzar la otra ribera del río.

Ahora bien, el Mictlan se esboza como un símbolo de la regeneración del mundo. En la cosmovisión azteca, el mundo estaba constituido por cinco edades sucesivas. Las cuatro primeras, asociadas a los símbolos ocelote (tigre), viento, lluvia y agua, fueron destruidas por diferentes cataclismos. La quinta edad, relacionada con el símbolo ollin (“movimiento”), era la edad en que los aztecas se constituirían como poder hegemónico entre los seres humanos. En el universo simbólico mesoamericano, toda creación está ligada a un sacrificio. Son los dioses quienes deben sacrificarse para dar vida a la nueva edad del mundo y a los hombres y a las mujeres que en él habitarán. En este sentido, existe una construcción simbólica, una especie de leyenda, de suma relevancia. Es, precisamente, el Mictlan relacionado con la muerte y la regeneración, el lugar donde se desarrolla..

 

(...) Se consultaron los dioses y dijeron: ´¿quién habitará, pues que se estancó el cielo y se paró el Señor de la tierra? ¿quién habitará, oh dioses?´ (...) Luego fue Quetzalcoatl (serpiente emplumada) al mictlan; se llegó a Mictlantecuhli y a Mictlancihuatl y dijo: ´He venido por los huesos preciosos que tu guardas´. Y dijo aquél: ´¿Qué harás tu Quetzalcoatl?´ Otra vez dijo éste: ´Tratan los dioses de hacer con ellos quien habite sobre la tierra´ (...) Otra vez dice Mictlantecuhli: ´Esta bien, tómalos (...) Subió pronto, luego que cogió los huesos preciosos: estaban juntos de un lado los huesos de varón y también juntos de otro lado los huesos de mujer (...) Luego los juntó , los recogió e hizo un lío, que inmediatamente llevó a Tamoanchan (residencia divina). Después que los hizo llegar, los molió la llamada Quilachtli (...) Sobre él se sangro Quetzalcoatl su miembro; y en seguida hicieron penitencia todos los dioses que se han mencionado (...) Luego dijeron: ´Han nacido los vasallos de los dioses´”[1]

 

De esta manera, se representa el nacimiento de una nueva era signada por los seres humanos así como también el sacrificio de los dioses (Quetzalcoatl ofrece la sangre de su miembro viril para darle vida a los huesos) para dar nacimiento a los humanos, habitantes de la tierra. En la lámina 56 del Códice Borgia, Mictlantecuhtli y Quetzalcóatl son representados como principios opuestos y complementarios, como la muerte y la exhalación de vida que forman el ciclo básico del universo. Pero por más facultades generativas que Mictlantecuhtli pudiera poseer, es su carácter temible el que predomina en la cosmovisión prehispánica. El dios relacionado con la muerte es, ante todo, un devorador insaciable de carne y sangre humanas. En las pictografías, aparece como un activo sacrificador armado de un hacha o de un cuchillo de pedernal y presto a extraer el corazón de sus víctimas. Es más, su nariz y lengua acusan forma de filosos cuchillos en códices como el Borgia o en las máscaras-cráneo descubiertas en el Templo Mayor. En vasos polícromos y códices mayas, el dios ha sido retratado participando en ejecuciones y en escenas de autodecapitación y sacrificio. No es de extrañar, por tanto, que el señor del “lugar de los muertos” inspirara tanto terror en la imaginación indígena.

 

Sabemos que el símbolo espacial asociado al Mictlan es el norte. “La expresión mictlampa ´del lado del Mictlan`, ´del lado de los muertos` es, en efecto, el nombre común, el término usual en náhuatl para designar el norte”[2]. Es sabido que los grupos nómadas de las planicies del norte de Mesoamérica, migraron hacia el sur en oleadas sucesivas, hace unos 1200 años, con el objetivo de alcanzar tierras menos hostiles. Los esperaban la vida sedentaria y la abundancia natural, además de una nueva vida. El lugar de origen (simbólico) de los aztecas, Aztlan[3], se ubica en el norte. Por lo tanto, el viaje postmortem al Mictlan, camino religioso y mágico, plagado de adversidades, constituye un retorno, una reintegración al origen ancestral de la comunidad. Dichas adversidades están relacionadas con el arduo camino transitado por los ancestros para conseguir la tierra destinada por los dioses: México-Tenochtitlán. Tomando el concepto utilizado por C. Duverger, se esboza como interpretación una especie de migración invertida; una especie de regeneración simbólica que encuadra lógicamente con la idea del tiempo cíclico y de las sucesivas edades del mundo.. “Cada individuo al morir debe revivir las pruebas por las que tuvieron que pasar sus antepasados durante la peregrinación histórica”. En este sentido, “el viaje al Mictlan (...) es, al mismo tiempo, una regresión en el espacio y una regresión en el tiempo”[4].

La peregrinación simbólica finaliza con el cruce de un gran río, mas allá desaparece toda existencia, el tonalli (energía vital) se disipa. La peregrinación histórica, estructurante de, y estructurada por la anterior, también posee como protagonista – esta vez, al principio - un río. Los muertos deben cruzar al revés el brazo de agua inicial. “La historia azteca empieza con el paso del agua; la vida de los mexicanos, generación tras generación, se reabsorbe inexorablemente ahí mismo”[5].

 

Para los aztecas, en el hígado se aloja una de las tres almas del cuerpo, el ihiyotl, vinculada a un sector del cosmos y de la familia nuclear. En este aspecto, el órgano, además, se encuentra relacionado estrechamente con las ideas de inframundo, feminidad, crecimiento, pasión y pecado carnal, excremento, basura, muerte... El ihiyotl controlaba la vida, el vigor, la sexualidad y el proceso digestivo. Allí tenían su origen las emociones fuertes, principalmente la ira.

Si analizamos las imágenes de Mictlantecuhtli, observamos que, en gran parte de ellas, el dios aparece retratado con un prominente órgano que sobresale de la parte abdominal. Es nada más y nada menos que... ¡un hígado!,  significando la regeneración. El Mictlan es el lugar donde Quetzalcoatl arriba en busca de los “preciosos huesos” para darle vida a una nueva generación de seres humanos. Es también, en términos simbólicos, una especie de retorno al origen ancestral de la comunidad, como hemos visto. Por consiguiente, el interrogante que emerge se nos presenta claramente: ¿por qué los pueblos mesoamericanos representaban al Mictlantecuhli, señor y amo del Mictlan (símbolo de la regeneración), con un hígado y no con algún otro órgano?. ¿Es que habrán conocido, puntualmente, la capacidad regenerativa del tejido hepático?. El estudio de la historia de estas culturas ancestrales plantea toda suerte de interrogantes semejantes. En algunos casos, podemos arribar a explicaciones científicas aceptables, pero en muchos otros son más los interrogantes que suscitan que las certezas encontradas...

 

 

Bibliografía

·         DUVERGER, Christian, El origen de los aztecas, Ed. Grijalbo, México, 1983

·         Códice Chimalpopoca, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2º ed. 1975

·         CHIANALE, José,  Apuntes de fisiopatología de sistemas. La regeneración hepática, en www.escuela.med.puc.cl

·         LOPEZ AUSTIN, Alfredo, Cuerpo humano e ideología, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1989


 

 

[2] Códice Chimalpopoca, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2º ed. 1975, pp. 120-121.

[2] DUVERGER, Christian, El origen de los aztecas, Ed. Grijalbo, México, 1983, p. 299

[3] No está demostrada la existencia histórica del lugar. Las excavaciones arqueológicas no han logrado ubicar hasta el momento su paradero, lo cual abre el interrogante acerca de su existencia empírica, aunque no afecta su evidencia real como construcción simbólica.

[4] DUVERGER, Christian, El origen de los aztecas... Op. Cit.; p. 301

[5] DUVERGER, Christian, El origen de los aztecas...   Ibid.,  p. 303

 

 
 

  (*) German Fregolent es estudiante de licenciatura en historia y ayudante alumno de la cátedra Historia de América I (prehispánica) en la facultad de Humanidades y Artes de la UNR.

Correspondencia a:
germanfregolent@hotmail.com
 
 
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