Año 1

Nº 11

Diciembre 2007  
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Mapas corporales femeninos: entre la ciencia y la literatura
Por  María Inés Laboranti (*)
 


 

 
 
 

La ciencia y la novela en el siglo XIX

Los hombres del siglo XIX  no concebían a la novela,  simplemente como un género literario, sino como una enciclopedia completa y definitiva de la vida social de su época, es decir una summa de las situaciones, de los tipos humanos y de los documentos vividos y el modelo científico más acabado con los que relatarlos.  Es por eso que podemos afirmar, al menos en el siglo “tonto”, que no hay novelas en plural, sino que las experiencias del siglo conforman “una” gran novela - parte de crónica, parte de ficción, parte de documento científico-, a la que  todo el mundo ha contribuido: el anónimo médico clínico, el cronista periodístico, el periodista judicial y por cierto en gran medida, los novelistas, desde escritores famosos como Stendhal hasta Emile  Zola,  pero también, los pornógrafos, los escritores a sueldo, los folletineros, los publicistas a sueldo, etc...  Todos contribuyen a difundir y afianzar este programa de lectura por medio del cual, el siglo homogenizará sus experiencias en un “novelesco generalizado”. Pero esta herramienta de orden para la escritura – y nos referimos no solo a la escritura “literaria”, sino a toda forma de discurso escrito en una época dada- es también compartida por su imprescindible contrapartida: los lectores. Cada uno de ellos, sólo podrá interpretar, analizar, entender y disfrutar cada caso nuevo, sólo si éste es narrado con el arte preciso, reconocible,  que le permite ubicarse enseguida en su lugar previsto. Estos casilleros vacíos conforman los  archivos imaginarios, en los cuales estarán contabilizados los ambientes sociales y las costumbres locales, los tipos humanos y sus destinos, las experiencias y las emociones, la memoria literaria y los códigos culturales.

La enciclopedia de una gran novela indivisa integra al discurso científico. Debemos entender, más allá de las polémicas, que más que nunca ciencia y literatura se conectaron, se relacionaron recíprocamente, fijándose para cada campo, una función diferenciada pero complementaria: la ciencia, para el positivismo, era la herramienta que establecía una clara división del trabajo y procedía a la acumulación de datos con fines productivos. La literatura imitándola, también “produjo” documentos”, “diagnósticos” y “métodos”.

En el último tercio del siglo XIX, las tesis elaboradas por el médico legista y criminólogo Cesare Lombroso, adquieren una notable difusión en la cultura científica argentina, pero también en la literaria. Sus propuestas sobre la patología de la mujer, así como el factor hereditario degenerativo, crearán verdaderos mapas, que servirán para entender conductas, caracteres y desvíos de todo temperamento femenino. La pregnancia de estas representaciones científicas y sus derivas, impactará de inmediato, en otros tramos del discurso social, como la literatura: la novela se encargará de distribuir, generar, y negociar con otros discursos sociales, estas mismas representaciones de las mujeres.   


Cuerpos y comportamientos

Si es válido el axioma que formulara Michel Foucault[1] en los años 70 que, “los dispositivos de poder se articulan directamente en el cuerpo”, se desprende entonces que el cuerpo humano no puede ser considerado nunca una realidad en si misma, sino una construcción simbólica, aún en sus aspectos anatómicos. Por ende, el sexo también deberá ser siempre considerado y analizado con un eje compartido entre la anatomía y la política, así como a partir de un enclave entre la biología y la política. A fines del siglo XIX, el cuerpo en general y el sexo en particular estarán en la encrucijada de varias disciplinas y regulaciones, cumpliendo una función política que  se transforma: hacer de la sociedad una “máquina de producir”. Las representaciones sociales que se le asignaron deben ser estudiadas en el marco de un simbolismo que atravesó a  la sociedad en su conjunto y a la literatura en particular.

Reflexionar acerca de las representaciones literarias de los cuerpos y las leyes que los reglamentan, permitió desde la esfera de las ficciones, abordar las múltiples relaciones entre  la sexualidad y sus proyecciones, ya que la literatura de fines del siglo XIX, contribuyó de manera amplia a representar cuerpos, describir sus fisiologías y delimitar comportamientos aceptables o no, trazando fronteras claras entre unos y otros.

El cuerpo es un concepto clave, entonces, en las teorías que en la Argentina higienista y decimonónica se utilizaron no sólo para explicar los cambios que se experimentaban, sino también para proyectar medidas correctivas en relación con éstos.

Sobre todo con el discurso de la ciencia se tratará de vigilar el cuerpo femenino. Focalizado en  la reproducción o en sus enfermedades, la mayoría de estas investigaciones – algunas pseudos-científicas- reforzaban un sentido de la inferioridad sexual de las mujeres, definiéndolas como “anomalías” del hombre. Desde esta desigualdad aceptada, emitían valoraciones morales acerca de lo lícito y lo prohibido, lo sano y lo enfermo, lo inocuo y lo nocivo para ellas.

La medicina y la psiquiatría pusieron especial énfasis en demostrar que la sexualidad femenina estaba sujeta a desórdenes propios del sexo que determinaban su inferioridad y su carácter subalterno en la sociedad: inestabilidad psíquica, desequilibrio moral, irresponsabilidad biológica, desórdenes hormonales, estados físicos problemáticos (embarazo) o acontecimientos traumáticos (parto). La mujer, biológica y jurídicamente, era considerada una criatura inferior a la cual, para su propio beneficio, había que controlar. Y controlar, sobre todo, el desempeño de su función específica: la maternidad, lo que significa, en última instancia, controlar su cuerpo y su sexualidad para evitar el fantasma tan temido de la mezcla. En la novela En la sangre (1887), de Eugenio Cambaceres, escrita sólo tres años después de la pionera novela de Antonio Argerich, ¿Inocentes o culpables?(1884), el inmigrante italiano pobre (Genaro) encarna la figura más temible: la del violador que, adueñándose del cuerpo de la mujer criolla (Máxima) por la fuerza (y también por la inexperiencia de ésta) se adueña también de su patrimonio y de bienes simbólicos, como el apellido o el prestigio social de su familia. El hijo de ambos, a su vez, encarna los miedos raciales de Cambaceres y Argerich: es el producto degradado de la mezcla.

En el plano de los imaginarios sociales, el cuerpo femenino se convirtió en un extraordinario mapa sobre el cual los hombres argentinos- médicos, legistas, criminólogos, educadores, publicistas, moralistas- con una modalidad científica, trazaban los males del pasado y ofrecían un pronóstico para el futuro de la nación y sus destinos. Tanto en el proyecto de Alberdi - que propugnaba las uniones mixtas entre las mujeres argentinas y los varones inmigrantes-, como entre los partidarios argentinos del eugenismo y el racismo (Argerich, sin duda), que impugnaban la mezcla y defendían la endogamia de las élites, el cuerpo femenino desempeñaba un rol fundamental para el futuro de la nación. Aunque antagónicas, ambas posiciones consideraban que el destino promisorio o funesto de la sociedad argentina, aún siendo inferiores, dependía de las mujeres, Era necesario, que sus conductas sexuales fueran vigiladas para evitar que pusiesen en peligro la conformación físico-moral del ciudadano argentino futuro. Tampoco es casual- y ha merecido un estudio pormenorizado-  que surja paralelamente a estas ficciones, toda una imaginería política en torno las representaciones emblemáticas de la patria y de la república como una mujer.

En la Argentina, el naturalismo arraigó con un signo notablemente diferente al que presentaba en Francia. Si allí tenía como objetivo impugnar a la burguesía industrial, aquí por el contrario —y aunque utilizando las mismas técnicas narrativas—, sirvió para avalar el racismo y la discriminación xenófoba. El naturalismo argentino produjo, durante la década del ´80, una serie de novelas que, escritas por médicos, intentaron abordar la problemática de la inmigración y de los cambios que ésta provocó aunque en clave de ficción[2]. Escrita por el médico Argerich, ¿Inocentes o culpables? (1884) es una de ellas. Novela menor, sin embargo, resulta atractiva para leer entre sus páginas, la circulación de temas de la medicina, de la criminología y el higienismo de fines del siglo XIX.

Las ficciones naturalistas argentinas construyen dos escenarios privilegiados: por un lado, intentan atrapar el movimiento en la nueva urbe, el espacio público en el que circulan los cuerpos: calles y avenidas, plazas y parques. Las multitudes anónimas se presentan en animadas escenas de intercambios y pasajes, casi en una actividad constante, en las que es el mismo recorrido el objeto del interés narrativo. Mirada de superficie, cambiante e inconstante[3] de la multitud anónima -flânerie burguesa-. En este sentido, podríamos aventurar que ¿Inocentes… es quizás, la primera novela argentina de recorridos prostibularios, de recorridos nocturnos por la ciudad y sus placeres prohibidos, trazando un escenario que en algunos casos roza lo pornográfico.

 Por otro lado, la observación de los desplazamientos diurnos y nocturnos contrasta con otro punto de vista: la observación médica como una disección. Como si se tratase del gabinete médico, las acciones intimas de los personajes en los espacios privados del hogar, se reproducen experimentalmente para estudiarlas. Frente a la quietud, a la inmovilidad  de la mirada clínica que pesa, y compara, el narrador presenta un caso con las características propias de una exposición frente a una mirada superior. Se aboca a una mirada precisa, despojada de cualquier emoción, implacable, una mirada inventariada del mundo que circunda al individuo que observa, procurando dejar de lado cualquier intervención emotiva del narrador. En Irresponsable, el capítulo inicial de la novela se desarrolla en la morgue. Allí, con el protagonista contemplamos el cuerpo desnudo, postrado en la inmovilidad cadavérica de una prostituta que servirá de contrapunto al capitulo final de la novela, en donde el protagonista, el Hombre de los imanes  también quedará retenido definitivamente en un depósito del hospital. El recorrido del Hombre de los imanes es un tramo descendente en su propia humanidad que  ni siquiera está dotada de nombre propio. Como el imán se mueve mecánicamente hacia los polos que lo excitan, espasmódicamente en un sentido u otro, pero sin lograr revertir su vida. Tampoco puede conectarse con amigos ni amores verdaderos, y su desasimiento lo sumirá en una crisis depresiva y de allí, a la locura final.

Desde el punto de vista de Argerich, esta historia es la de cualquier inmigrante italiano que llega a Buenos Aires con la única intención de enriquecerse pero lo que definitivamente es perjudicial y preocupante es que él, como todos los demás, propaga su mala simiente en el país, que lo ha acogido, corrompiendo y ‘enfermando’ lenta pero irreversiblemente al organismo social. La mayor parte de la novela está dividida entre la historia de Dagiore y su esposa Dorotea y el relato de la degradación de José, el hijo de ambos. Esta obra, “vibración de verdadero patriotismo” -como se declara en su prólogo tesis-  resalta, fundamentalmente, el peligro social que significa que José, fruto degradado de una mezcla- literalmente un “mestizo” y acosado por enfermedades invisibles, pueda ‘contaminar’ el mínimo reservorio de virtud criolla (representado por Carlota, una joven criolla de provincias pobre pero honrada) y propagar a través de la herencia sus enfermedades y debilidades. En última instancia, se trata de advertir la catástrofe social que significará “el ingreso de lo patológico a la familia decente argentina”[4].
 

Imaginarios del cuerpo femenino en novelas de fin de siglo

La rígida estructura que diferenciaba a la gente “decente” de la gente de pueblo se expresaba por la posibilidad de usar determinadas ropas, por la manera de hablar y de comportarse, por los modales, los lugares de residencia y de paseo, los ocios. Según el historiador uruguayo José Barrán[5],  la mujer adquirió representación visible a través de dos imágenes potentes: la puerilización, es decir, un estado de minoridad permanente como eternas “niñas” o la “bovaryzación”, es decir como la protagonista de la escandalosa novela de Gustave Flaubert, mujeres que buscan en la fantasía un escape al aburrimiento de su vida cotidiana, devaneo enfermizo que puede llevarlas al suicidio. Ambas imágenes construidas suponen una represión del deseo sexual y la aparición de ciertos síntomas (desmayos, jaquecas, insomnio, ataques de nervios y llanto) que se analizaron bajo el nombre de histeria.

En ¿Inocentes o culpables?, Gabriela Nouzeilles afirma que la histeria funciona como el patrón por excelencia de la enfermedad de la mujer decimonónica, incluso por sobre otras enfermedades  también mencionadas en la novela como la sífilis, el alcoholismo, la locura, la neurosis, la anemia y finalmente la clorosis.[6]

La enfermedad catalogada como histeria y los amplios discursos sociales en torno a ella recorren la segunda mitad del siglo XIX. José María Ramos Mejía y José Ingenieros entre otros, hicieron sus aportes al tema ligándolo a una causa orgánica: “Conviene afirmar que la histeria tiene sus leyes, su determinismo, absolutamente como una afección nerviosa debido a lesiones materiales.”[7]

Por otro lado es necesario destacar que la serie de discursos y prácticas que se agruparon bajo la patología de la histeria evidencian cómo la ciencia médica definía a la condición femenina. Los psiquiatras y médicos entendían que la gran mayoría de las mujeres eran histéricas, aunque el síntoma no se revelara puesto que por su misma constitución orgánica eran seres más débiles y propensos a la enfermedad mental.

Entendida como una afección esencialmente femenina (etimológicamente, Hysterion significa útero, es decir órgano genital), luego, pasó a considerarse una neurosis, una afección cerebral. La mujer sucumbía a la histeria debido a su excesiva sensibilidad;  sus mismas cualidades naturales como los sentimientos nobles, la predisposición a las emociones y el instinto maternal eran al mismo tiempo, las causas de su mal. Así, se pone en correlación, un firme sistema de equivalencias mujer- sensibilidad- maternidad- histeria, que las novelas del período utilizarán como programas narrativos. Por ejemplo, dos características centrales de la histeria son el exceso de movilidad y la capacidad de simulación.  El comportamiento histeroide se traducía en un ritmo inadecuado del cuerpo: largas caminatas por la ciudad, la aparición de tics nerviosos, las convulsiones, los transportes de la imaginación generados por la lectura eran percibidos como desplazamientos espacio-temporales motivados por la histeria. Todos comportamientos que la protagonista de ¿Inocentes…, Dorotea reproduce en su conducta: inicia recorridos inadecuados por el mismo barrio que habita, cercano al puerto y a las grandes obras que remodelaban la ciudad de Buenos Aires[8]. Casi al atardecer y sin protección masculina de su esposo o de sus hijos, sus paseos la aproximarán a recorridos prostibularios que incluso culminan con quizás la primera escena pornográfica en una novela argentina: parada en la puerta de su casa, un transeúnte se propasa y amparado en la oscuridad le manosea los pechos.     

 Argerich, igual que Balzac- a quien admira y cita numerosas veces-, plantea su “comedia humana” como un relato total de la sociedad, sobre todo de las leyes de la herencia. Los personajes presentan una fisonomía “anormal” pero los caracteres degenerativos son indistintos y sólo pueden migrar de un personaje a otro – de padres a hijos, de madres a hijos -  en un momento clave para la transmisión de esa herencia: la escena del parto.

 

El delito de nacer

En numerosas novelas naturalistas y en particular en ésta, existen tres momentos claves para la migración de los factores hereditarios, así como también tres “escenas” en las que es posible para el observador científico auscultar-diagnosticar el mal social: 1-la concepción del acto sexual como una violación inicial, 2-el parto o la escena del nacimiento y 3-la infancia en sí misma, como “laboratorio” en el que se anticiparán in nuce todas las características del temperamento adulto.  La concepción o el amor conyugal entre los inmigrantes era considerado casi un “estupro” legal, esa violencia animal que se ejercía sobre el cuerpo de las mujeres traería consecuencias directas sobre el nuevo vástago familiar, ya que además, se asociaba a dos circunstancias malignas: el cansancio y la embriaguez. Dagiore consuma su matrimonio sumergido en los vapores del alcohol sin la más mínima consideración hacia su inexperta esposa. Luego las extensas y agotadoras jornadas de trabajo en la fonda, siempre bajos los efectos de los vapores de la cocina, también serán perjudiciales para la concepción. El embarazo de Dorotea será entonces considerado una enfermedad, lo que lleva directamente a la consideración del parto no como un hecho biológicamente natural, sino una escena cultural, en la que se desenvuelven saberes legítimos y sus contrastes.

El parto de José se describe con lujo de detalles, no sólo es terriblemente doloroso para Dorotea, sino que además, pasa por numerosas vicisitudes: primero es atendida de manera deficiente por una partera; luego, llaman a un médico, lo que supone un interés y una solvencia mayor para afrontar el peligro del nacimiento. Un detalle no menor de esta intervención es el uso de una sustancia como el cloroformo, lo que anestesiaría los sentidos de la protagonista. Este procedimiento que la novela se ocupa de destacar, era objeto de una discusión en la práctica médica, ya que sus efectos relajantes para algunas opiniones – entre ellas las del mismo Argerich, médico- eran contrarias al desarrollo de un parto normal. Ni la partera, ni el primer médico, logran ayudar a Dorotea, por el contrario, la complejidad del nacimiento aguarda otra intervención médica. Este último logra el alumbramiento por medio del uso de fórceps, un instrumento que evitaba el uso peligroso de la manipulación directa, pero que no dejaba de ser una agresión, tanto al cuerpo de la madre, como al del hijo. Al cabo de ese periplo nace la criatura.

El niño despertó llorando. En su inconsciencia nada sabía del medio en que se iba a desarrollar su vida; pero esa atmósfera, a la cual estaba completamente ajeno, empezaba a incomodarlo y a tender la red de acero de su influencia para dirigirlo maniatado en el tumulto de la vorágine social. Todo estaba preestablecido. Todo lo habían ordenado voluntades y cerebros anteriores.(...) los libros estaban escritos y designados, hasta su misma planta tendría que vagar forzosamente por la ruta que formaron las hormigas de anteriores generaciones. Está a merced de las influencias exteriores y de las necesidades fatales que desbordan al individuo.” [9]

El discurso médico finisecular se constituyó en un instrumento que generaba metáforas necesarias para el ejercicio del poder y sus formas de control. La “nueva cultura científica" que entre 1880 y 1910 conformaba el escenario intelectual argentino, en particular del Río de la Plata, ofrecía a la literatura un horizonte de representaciones, de modelos explicativos, de argumentos, que le permitieron, a su modo, ser resonadora de los debates que retratan una moral societaria . En ese despliegue de normas de vida, de orden social, de tecnologías sanitarias, educativas, y narrativas, entre ellas, la literatura del período podrá ser leída como un conjunto de voces replicantes, complementarias de los discursos científicos circulantes, entre los que se “inventa” al cuerpo femenino.

 


[1] Foucault, Michel: Historia de la sexualidad., tomo I, FCE, p. 184.

[2] El primer ciclo naturalista se abre en 1881 con la novela Pot-purri, de Eugenio Cambaceres, en 1884 se publican Música sentimental, del mismo Cambaceres, ¿Inocentes o culpables?, de Antonio Argerich y La gran aldea, de Lucio V. López. En tanto que Sin rumbo, también de Cambaceres, es de 1885, mientras que En la sangre, última novela del mismo autor, es de 1887. En 1889 aparece Irresponsable de Manuel Podestá que completa el ciclo.

[3] CF. “Inconstancia” que  José Ingenieros no duda en asociar a los devaneos de la histeria femenina.

[4] Cf. Nouzeilles, Gabriela (2000) Ficciones somáticas.Naturalismo, nacionalismo y politicas médicas del cuerpo (Argentina 1880-1910) ,  Batriz Viterbo, Rosario, p. 152.

[5] Barran, José Pedro (1993)  Medicina y sociedad en el Uruguay del Novecientos. T.I El poder de curar. Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo,  Capítulo. “Historias mórbidas” pág. 146 y passim.

[6] En el siglo XIX, una de las enfermedades más caracterizadas de lo femenino, fue la clorosis. Dolencia cercana a la histeria, fue asociada a una irregularidad del ciclo menstrual y al deseo sexual incipiente en la adolescente: su cura vendría con el matrimonio. Posteriormente, en el último tercio del siglo, la clorosis pasó a considerarse el resultado de la deficiencia de hierro en la sangre. Es decir, que de una  enfermedad pasó a ser  un síntoma de otra patología: la anemia. El origen del término proviene del griego cloro que quiere decir “verde claro o verde amarillento”. Las muchachas cloróticas se caracterizaban por la palidez del rostro, que se tenía de un color blanco verdoso. Circulaban rumores que la ingesta de tierra contribuía a lograr ese aspecto. En el rostro femenino níveo no sólo se leía la delicadeza y debilidad inherente al sujeto femenino sino fundamentalmente, el carácter puro. Blancura, exaltada como virtud y asociada con una imagen angelical de la mujer, con su virginidad y por ende rectitud moral, todas características que aparecen en la protagonista de  Alma de niña de Manuel Podestá o en Stella de Cesar Duayen, seudónimo de Emma de la Barra. Como contrapartida cromática, el color rojo connotaba lo sanguíneo, lo pasional, la fortaleza y la vitalidad.

[7]  Ingenios, José  Histeria y sugestión Obras completas vol. 4 Elmer editor, Buenos Aires, 1957

[8] Argerich relata en ¿Inocentes… las peripecias de una familia de inmigrantes,  como un relato total de la sociedad. Dagiore un inmigrante italiano llega a Buenos Aires y por medio de sus ingentes esfuerzos logra hacerse propietario de una fonda al mismo tiempo que se casa con una mujer más joven que fantasea con lograr otro reconocimiento social. Dorotea busca en un amante el escape a la brutalidad y la falta de amor en su matrimonio; Dagiore, luego de una vida de padecimientos y miserias, cae en la locura; Dorotea, se extravía en amoríos adúlteros; y José, el malogrado hijo mayor de ambos que por sus incursiones en los ambientes prostibularios, enferma de sífilis y muere. La familia condensa a la sociedad misma.

[9] Cf. Argerich, Antonio,  ¿Inocentes o culpables? Hyspamérica, Buenos Aires, pág. 44.

 

 
 

(*) María Inés Laboranti es Profesora Adjunta a cargo de cátedra en Análisis y Crítica II (UNR) y Profesora Titular Interina en Literatura Argentina I (UADER). Su campo de especialización son las relaciones historia/ ficción. Profesora Titular Seminario Interdisciplinario Historia/Ficción (1995-2002). Coordina la Cátedra Libre Felipe Aldana sobre la Literatura de Rosario. Actualmente investiga Entre la cultura popular y la cultura escrita: Trasposiciones De la estructura folletinesca (Argentina 1900-1930) Libros: en 2003, Moral y Enfermedad un sociograma de época (1890-1916), coordinadora de volumen y en 2005, Historia & Ficción con Cristina Godoy..

 
 
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