Nuevo libro - Paradojas de la Historia (Segunda parte)

 
 
Palermo de San Benito narrado por el autor y Sopetones anunciadores

Por Osvaldo Pamparana (*)

 
 

 
 

Éste fue el lugar donde Juanita Sosa vivió, junto a su amiga Manuelita, en plenitud y esplendor lo que jamás en sus sueños más idílicos de niña, pudiera haber imaginado. Pero, también, aquí fue donde, como ser humano adolescente, sufrió el ultrajante y avasallador deshonor que una mujer pueda sufrir y que, seguramente, la marcaría para toda la vida.

A principios del siglo XIX, Palermo era un paraje de chacras y quintas. Los caminos en esa zona casi ni existían, ya que eran borrados por las inundaciones y las sudestadas. En la década de 1830, el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, adquiere tierras en el sector y comienza la construcción de una gran casona de estilo neocolonial.

Previamente, fue necesario rellenar y nivelar una gran extensión, para lo cual se llevó al lugar, en carretones, gran cantidad de tierra negra sacada de los "alfalfares de Rosas" (actualmente en el barrio de Belgrano). Se hicieron obras de defensa y urbanización general, trazado de caminos, desagües y canales perpendiculares para desagotar el agua de lluvia, hasta un bajo que fue convertido en un hermoso lago artificial. Para mantener los caminos, los mismos eran cubiertos constantemente con conchillas que se regaban diariamente para evitar la polvareda.

El edificio era de una sola planta rectangular, con techo de azotea y baranda de hierro. El eje mayor de la propiedad estaba orientado de este a oeste y contaba con corredores de arquería de medio punto, a ambos costados, y un baluarte en cada esquina en ángulo recto. Las paredes se levantaron con argamasa y cal. Los pisos eran de baldosas y los cielos rasos de madera. Pintada de blanco, era una construcción muy generosa, con varios patios, como las casas españolas. En el interior, predominaba el color rojo en cortinados y otros elementos.

La entrada de la casa miraba al norte, y las habitaciones (que eran 16) daban a un gran patio central. Rosas ocupaba las habitaciones orientadas al este —de donde salía un camino, bordeado de ombúes, que llevaba hasta el río— mientras su hija Manuela, las situadas al oeste, frente a la actual avenida del Libertador, donde se encontraba el salón de fiestas.

Los muebles eran de caoba, las camas de bronce, arañas con caireles, todo era de calidad, pero sin lujo, con excepción de los espejos venecianos que tanto gustaban al General. En las galerías, había bancos y mecedoras. El alumbrado se había hecho con lámparas de aceite.

Rodeando el edificio se habían organizado esplendorosos jardines con canteros con flores y, entre los árboles, asomaban bustos de mármol sobre pedestales. Muy cerca de uno de los torreones se hallaba un gran salón donde se situaba la capilla dedicada a la Purísima Concepción.

El propio Juan Manuel de Rosas había creado un incipiente Jardín Botánico y Zoológico. Precisamente, en esos amplios jardines, y en el parque, se podían ver avestruces, teros, gavilanes y pájaros de hermoso plumaje. Más tarde introdujo pumas, zorros, monos, a los que se agregaban ñandúes, chajáes, venados, nutrias, zorros, liebres, flamencos y guanacos que se paseaban libremente para delicias de sus habitantes y las visitas que llegaban desde la ciudad. Porque Palermo de San Benito era un lugar que no estaba rodeado de cercos ni verjas. Si bien era una residencia privada, era un lugar abierto al público. La quinta del gobernador se llenaba de transeúntes. La comida se servía para quien quisiera disfrutar de la velada, ya sea visitantes u extraños. La hija de Rosas presidía la mesa y dos o tres bufones divertían a los comensales. Rosas casi nunca concurría.

Un lago artificial hacía las delicias de sus moradores y visitantes, ya que podía ser navegado por una pequeña embarcación a vapor llamada “Manuelita”. Era como una pileta de gran profundidad, con paredes de ladrillos, rodeada de una baranda de hierro que en uno de sus extremos tenía un enrejado de madera bastante tupido, para que las bañistas estuvieran al abrigo de las miradas indiscretas.

Desde que se terminó la construcción hasta 1852, Palermo de San Benito fue, al mismo tiempo, residencia del Gobernador y Sede del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires. Rosas había hecho de esta mansión el lugar habitual de sus altas combinaciones políticas, una especie de Versailles del Río de la Plata. Sin embargo, dentro de esa espléndida propiedad, El Gobernador vivía un poco limitado en cuanto a sus horarios laborales y sus normas.

Además, allí se realizaban muchas reuniones sociales. Los bailes se ejecutaban con un minué liso, costumbre traída de Francia que se había hecho famosa en la ciudad. Cabe destacar que luego del minué se puso de moda el vals, como en Europa, aunque algunas señoritas se mareaban. Las mujeres lucían abanicos, corsés, y peinetones, y se les obsequiaba con chocolate, mate de leche perfumado con canela o vainilla, y vasitos de licor. Bebidas que eran consumidas mientras, en grupos, se realizaban comentarios de antiguas y nuevas, propias y ajenas andanzas.

Esta opulenta finca, ubicada en Palermo ***, se extendía desde la actual Avda. del Libertador y Sarmiento hasta el río, y tenía una extensión de 6000 m2. La obra fue concluida en el año 1838, poco antes de fallecer doña Encarnación, la esposa de Rosas.

Los habitantes temporales y/o permanentes, que vivían en la casona fueron: el ilustre Gobernador de la Provincia de Buenos Aires y Restaurador de las leyes, Brigadier General Juan Manuel de Rosas, su esposa Doña Encarnación Ezcurra, su hija Manuela Rosas, Eugenia Castro, amante oficiosa, junto a sus seis hijos. Militares de distintos grados y funciones. Empleados oficiales de la Gobernación. Funcionarios, escribientes y secretarios de rangos diversos. Empleados privados, personal doméstico, personal de servicios varios, bufones, espías, negros, gauchos, paisanos, indios y, entre todos estos, la mayoría hombres, relucía la Corte de doncellas para Manuelita, conformada por sus amigas íntimas. Entre ellas mujeres destacadas como Camila O ‘Gorman y, por ser la protagonista de éste relato, “La Edecanita” Juana Sosa.

IV. Sopetones anunciadores

Una tarde que había dejado de llover, pero el calor arreciaba, me fui al cuarto de costura que era fresco y solitario. Podía aprovechar la soledad para pensar o ensayar una de mis estatuas. En eso estaba cuando siento algo como un zarpazo que me atenaza de atrás impidiéndome ver de quién se trataba. Una mano intrusa se mete en el hueco de mi blusa buscando intimidad no otorgada por placer, sino arrebatada por imperio de la fuerza. Forcejeo para sacarme esa porquería de encima, cuando escucho lo que escucho:

¡Que linda que sos Juanita!

Y agregó:

-Mirá que había sido terca la muchacha. - Una tigresa. -¡Son las que más me gustan!

Esas palabras que no puedo ubicar quién las profirió, porque las dijo con una voz aflautada, remedo de mascarita, me envalentonaron más, y seguí revolviéndome en desigual oposición. Por fuerza de jadeo y vaivén, de resistencia y ataque, mis fuerzas se dan por vencidas; sigo estando de espalda sintiendo ahora que mis fuerzas flaquean y el intruso decido a darse el gusto sobre mí. En un descuido, logro darme vuelta y veo, ¿a quién? Al señor Gobernador, muerto de risa, con su mejor aire jovial y amuchachado, incapaz de superar tanto olor a mujer y calorcito de piel joven y embriagadora.

Me sentí perdida y turbada. Y ¿me pregunté?

¿Cómo defender ese tesoro único y exclusivo, según advertencia de Madre?

La necesidad y el terror tienen cara de iluminación, y yo tuve la mía.

¿Y Manuelita? – grité, como enunciación y súplica

¡Quedó sorprendido! el Gobernador / Brigadier; lo acató.

Detuvo sus aprestos, retiro sus mano de mis pechos, y el mundo pareció detenerse. Pero no. No fue el apocalipsis: Había habido una batalla, y don Juan Manuel la perdió.

A nadie le gusta perder; me dio una palmada en las ancas y salió dando un portazo, pero antes me dijo:

¡Esta vez te escapaste, Edecanita!

Un llanto a borbotones, imposible de contener, comenzó a brotar de mis ojos, mientras, entre jadeos y resuellos, mi corazón alocado parecía como que se iba a salir de su lugar. Esta estatua que hago ahora se llama “la sorpresa”.

Me llevó mucho tiempo recomponerme. Cuando pude hacerlo, salí por la misma puerta, en remolino de polleras, con la nariz levantada, y sin dar portazo, pero con el mérito de haber defendido mi virginidad, como quería Madre.

Manuelita era un mujer de una belleza singular: alta, delgada, de talle redondo y fino, formas graciosas y ligeramente dibujadas; tenía una fisonomía tipo americana, pálida, ojos pardos claro, mirada inteligente, cabello castaño, abundante y fino; nariz recta, y boca grande. Sus amigas: Martita Castelar, Domitila Larrazabal, Luisa Melendez, Lucrecia Montero y, naturalmente, Juanita Sosa entre otras, conformaban el ramillete de hermosas jóvenes que integraban su corte. Algunas se llegaban todos los días desde la ciudad hasta Palermo y, en ocasiones, pernoctaban allí. No siempre. Quien sí, vivía en forma permanente y tenía su propia habitación en la casona, era Juanita quien, cual si fuera un miembro de la familia, participaba todos los días de todas las actividades, en particular, a las que concurría su amiga íntima.

Había días que se hacían monótonos y, entonces, era necesario hacer algo distinto, distraerse, alguna actividad o juego que las divirtiera. En esto era precisamente donde descollaba Juanita; siempre era la más ocurrente, de risa fácil y contagiosa, las demás la seguían en sus originales y divertidas creatividades o imitaciones de personajes que concurrían a entrevistarse con el Gobernador.

Eran jóvenes y, cuando el tema de conversación se refería al sexo, un torbellino hormonal las arreciaba, al punto de recurrir a satisfacciones personales: un tema y una situación que a Juanita, en cierta forma, la angustiaba, porque no tenía con quien conversarlo, sacarse las dudas, aunque sospechaba que las demás tendrían problemas semejantes. Debería haber otra solución. Pero por ser la que menos se imaginaba o esperaba, la desconcertó. A pesar de que Manuela la celaba y se le iban las manos en las efusividades, la puso muy nerviosa cuando recibió una esquela de su amiga del alma en la que le decía: eres mi amiga y seré eternamente tuya como si fueras mi esposa. Lo real era que no tenía con quien consultar, y lo mejor sería aguantarse sola.

Embarullada como estoy y, con la cabeza pesada y que me da vueltas, me he olvidado de muchas cosas, pero esto que me pasó ese día nunca me lo he podido sacar del corazón. Fue una sorpresa inesperada que me causó mucho asombro. Por eso, además de mal recordarlo, también, es una de mis estatuas que hago.

¡Aunque me salen bien, no sé para qué la hago, con todo el dolor que me invade!

Por situaciones que me tocó pasar, provenientes de parte del personal masculino que trabajaba en la Mansión, actitudes informales y que no pasaban del piropo galante, o sólo un poco más allá, me di cuenta, o me pareció, que el calor aumenta las necesidades de los hombres. El Gobernador era un hombre y hacía mucho calor, y el hombre que era el Gobernador, ese día, parecía está más zarpado que nunca. Fue invitado a cenar un personaje extranjero que andaba recorriendo esta parte del mundo para, después, contarle a los demás cómo era, y a mí me parece que este gringo también contaba como éramos los humanos de por aquí, donde el mundo dicen que se termina.

A instancia de Manuelita, mi amiga del alma, el Gobernador le concedió el privilegio de pasar por Palermo. Además de charlar sobre sus actividades, siempre algún negocio se podía hacer. Más tarde, una buena cena sellaría la nueva amistad y los pingües negocios. El patrón no daba puntada sin hilo y las puntadas las hacía con la zurda porque ésa era su mano más hábil aunque, como verán, la derecha no lo era menos. Para mí que usaba las dos por igual. La cuestión es que durante la cena y bajo los efluvios del alcohol, comenzó con Manuelita, su propia hija, a quien le decía barbaridades difíciles de entender y, mejor, ni se las cuento. Prefiero contarles que era bastante maniático y detallista, le gustaba todo siempre en el mismo lugar, por eso, cuando nos sentamos a la mesa, él la presidia, y a su izquierda se sentaba Manuelita y yo a su derecha; los secretarios, escribientes y el resto de las damiselas en sus respectivos lugares, alejados cada vez más de la cabecera. El anfitrión en frente del General. Durante la comida, enfatizaba o acompañaba la dialéctica con sus acostumbrados y zurdos ademanes, mientras que, disimuladamente, la derecha estaba en otros menesteres, que era la de sobarme las piernas, llegando, como se pueden imaginar, a lugares insospechados.

Yo seguía allí quietita, ¡qué iba a hacer!. Sin embargo, mi cara irradiaba calor que, seguramente, hacía juego con el moño rojo punzó con el que había atado mi cabello. Mientras las fuentes de carbonada y guisos pasaban de comensal a comensal, él seguía con sus escarceos por debajo de la mesa. Estando en esas circunstancias, ¿saben qué dijo el degenerado, con su mejor sonrisa?: ¿Qué le pasa a la Juanita que se nos ha quedado muda?

Esas palabras me sacaron de mi sopor. Di un suave sacudón y saqué sus manos de mi falda, y, con mi mejor sonrisa, me puse de pie, ensayé un oportuno gesto cortesano, y dije: “Excelencia, si me permite, tenemos que ir a prepararnos para el juego de las prendas, y hacia allí fuimos.

Total que así pasamos esa noche de verano que ahora estoy recordando sin querer recordar y con esta estatua intitulada “el asombro” que, como se imaginarán, es una dama inclinada por el susto y el espanto que la agobian, con los ojos abiertos de sorpresa, con la boca a punto de dar el grito que no se animó a dar, y las manos vencidas, cayéndose hacia el suelo, como esta servidora quedó aquella tarde cuando Su Excelencia me acometió por debajo de la mesa.

 

 

 
 
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(*) Osvaldo René Pamparana es Bioquímico procedente de la facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata. Es autor de numerosos artículos, ensayos, cuentos y novelas breves. Por su labor cultural recibió, entre otras distinciones el premio Santa Clara de Asís y fue nombrado Ciudadano ilustre de la ciudad de La Plata. Se presentarán los capítulos sucesivos de su libro La Medicina y el Arte Correspondencia a: opamparana@lpsat.com






   



 
 
 
   
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